Tailandia, Camboya y Vietnam

RELATOS DE VIAJE / 2 abril, 2020

Hablar sólo con señas. Una carrera de bicicletas, pero al revés. El año nuevo budista, en Krabi. Cruzar una frontera de forma poco ortodoxa. Llorar de bronca. Todo lo que vas a leer en este relato es tan espontáneo, directo y honesto que te va a atrapar hasta el final. Una historia de viaje plagada de sensaciones y sentimientos encontrados: es decir, un auténtico relato de viaje.


Escribe y saca fotos: Guillermina Aguas

El choque cultural fue muy fuerte. Y creo que lo que más lo marcó fue el idioma, ya que muy pocos hablan inglés y, si lo hacen, es un inglés muy básico. Además, los tres países tienen distinto lenguaje. Sí, tres países, porque viajé a través de Tailandia, Camboya y Vietnam. Fueron unas vacaciones que decidimos hacer con mi novio que, aunque somos muy distintos, tenemos gustos en común y nos conocemos mucho (más de diez años juntos). Pero hablando del Sudeste asiático y de cómo organizamos todo, creo que si uno va con un paquete turístico, no llega a percibir las cosas de la misma manera que un mochilero. Este  tiene que enfrentarse en todo momento a situaciones en las que necesita comunicarse, como por ejemplo comprar una fruta, preguntar dónde hay un baño o comprar un pasaje en la terminal local de ómnibus. Esto hace que ciertos sentidos se apaguen y otros se potencien, y es cuando comenzás a prestar atención a los sonidos, olores, gestos, fotos. Por otro lado, empiezan a pasar desapercibidas las palabras, los carteles, las conversaciones.

Es muy interesante cómo se perciben los gestos que expresan palabras. Por ejemplo: agradecimiento, afecto, asombro, disculpas. Si bien en tu vida diaria los percibís, están contaminados con la palabra. Eso hace que el gesto pierda relevancia. Comparé mucho mi vida cotidiana en Buenos Aires (me di cuenta de que transito la vida en otra dimensión), donde al subir a un colectivo hablo por teléfono, mientras leo un cartel y escucho conversaciones ajenas. En cambio, en el Sudeste sólo podía sentarme y mirar, oler y sentir. Los carteles y los diálogos eran algo nulo. Es por esto que mi oído se había acostumbrado a no prestar atención a las conversaciones. Así, mi idioma dejó de ser el castellano, para pensar en inglés y hablar mediante señas.

Muchas cosas me parecían exóticas, como que con 40ºC, la gente anduviera totalmente abrigada (incluso con guantes) para evitar el sol en su piel. Además, mostrar la piel en los templos es una falta de respeto.

Lo que para una cultura es común y casi una obligación, para otras es raro y controversial. Es por eso que los viajes, según mi criterio, te brindan más puntos de vista y te permiten aceptar otras realidades de forma más normal. Por ejemplo, tener más de una mujer, o no entrar con calzado a un lugar.

Es increíble la cantidad de gente tatuada y de casas de tatuajes que hay en el Sudeste. Otra cosa notable de esta zona es la cantidad de motos que pululan por las calles y la variedad de cosas que transportan en ellas. He visto llevar pescados, cañas de bamboo, cacerolas y viajar hasta 5 personas ¡en una misma moto! Por otro lado, el cielo casi no permite ver las estrellas; creo que fue lo único que no me gustó de este viaje. En cuanto a la seguridad, me llamó la atención que, aunque no porque hubiese policías y controles, la gente culturalmente vive el “hoy y ahora” y no se aferra a lo material. Es normal que las casas estén abiertas y que en los negocios no haya nadie atendiendo o que el dueño esté durmiendo la siesta. Me pasó de estar mirando un perchero de ropa y encontrarme con unas piernas que eran del que atendía, que estaba durmiendo en el piso, abajo del perchero.

En definitiva, este viaje por el Sudeste asiático me transformó, me hizo ver el mundo desde otro punto de vista y, de alguna manera, me hizo más feliz. Todo eso.


JetLag y planificación

La combinación de vuelos y escalas fue eterna, tanto a la ida como a la vuelta. Si bien ya sabíamos que era un viaje largo, la vuelta se me hizo interminable y a la ida mis tobillos estaban muy hinchados por la cantidad de horas de estar sentada y casi sin moverme.

El jet lag al llegar a Bangkok en la ida no lo sentí tanto como a la vuelta en Buenos Aires. La diferencia horaria es de 10 horas y dicen que adaptarse lleva un día por cada huso horario. A la ida estaba muy ansiosa y no me importaba dormir o no dormir, aparte que al estar de vacaciones los horarios son raros y todos los días distintos. En cambio a la vuelta estuve, fácil, una semana para acomodarme. A las cinco de la tarde me dormía en la oficina y, ni bien llegaba a casa (19.00) me acostaba a dormir. En cambio, a las tres de la mañana me despertaba como si nada y empezaba mi día. Por ende, esa semana de adaptación traté de hacer todas las cosas que suelo hacer después del trabajo, antes de ir al mismo.

Hablando de la planificación del viaje, me fue muy difícil armar el recorrido. Sobre todo porque las distancias son largas y el tiempo, limitado. Además, no quería dejar de visitar muchos sitios, ya que todos tienen su atractivo.

Siempre fui muy aventurera y amante de la fotografía. Estoy terminando de vivir mi año 30. A la hora de viajar no me gusta repetir lugares ni ir con programas contratados. Si bien mi profesión de Actuaria es muy estructurada y analítica, al momento de viajar, prefiero conocer un lugar por mis propios medios en lugar de ir con un tour.

Soy de Luján pero vivo en Capital Federal desde el año 2003, y hace unos cinco años que mi vida transcurre en una oficina, de 9 a 18, de lunes a viernes. Mi carrera tiene mucha estadística, la cual permite evaluar/medir riesgos. Por ejemplo, trabajé calculando las reservas que debe tener una compañía de seguros o calculando el costo del seguro de saldo deudor de una tarjeta de crédito. Así, todos los días. Por eso, vivir el Sudeste asiático fue un choque brusco e intenso para mí. Sólo por nombrar una de las tantas cosas que vivimos, cuando llegamos a la ciudad de Hoi An (Vietnam), teníamos anotada la dirección de un hostel en un papel. Lo habíamos reservado la noche anterior. Nos subimos a un taxi y le mostramos la dirección. El conductor no hablaba inglés. Nos indicó un precio y salimos. Después de conducir un rato, nos dimos cuenta de que el conductor estaba perdido ya que había parado varias veces a preguntar. Sólo nos dábamos cuenta que hablaba del hotel porque el nombre era la única palabra que entendíamos. La única salida que se me ocurrió fue pedirle a una chica que atendía un local y que estaba en Internet (que tampoco hablaba inglés), para googlear el hostel y pedirle al chofer del auto que baje para que mirara el mapa y viera cómo llegar.


Esta ciudad nos sorprendió 2 veces

La primera fue mientras recorríamos la ciudad en bici buscando un cajero automático y vimos un montón de gente local reunida. La mayoría estaba con una bicicleta practicando hacer equilibrio, o al menos eso era lo que parecía. Por curiosidad, nos fuimos acercando y vimos un escenario y cámaras.

En esta ciudad la mayoría de la gente anda en bici o en moto. Al principio, no entendíamos qué iba a pasar y luego nos dimos cuenta de que era una competencia en bici que tenía como objetivo recorrer una distancia determinada en el mayor  tiempo posible y sin caerse. Es por esto que la gente estaba practicando, antes de empezar, mantenerse en equilibrio. Al no hablar vietnamita, el entendimiento del torneo fue paulatino a medida que veíamos los hechos. De repente, una competidora se bajó del certamen y el conductor preguntó al público si alguna quería participar. Levanté la mano ¡sin estar completamente segura de lo que había dicho el conductor! Y así fue que terminé participando en una competencia vietnamita de bicicleta. La cámara me enfocó y no se si me preguntaron cuál era mi nombre o de donde era, yo contesté Argentina (quedaba bien como respuesta para ambas preguntas). Obviamente perdí, pero me encantó ver cómo unas vietnamitas me hacían el aguante y me daban a entender que era clave que las gomas estuvieran desinfladas. Aparte, supongo que ellos deben de practicar en la vida cotidiana debido a la cantidad de gente que transita, para no estar bajando de la bici cada 2 x 3.

Los dos hombres que llegaron a la final tenían un equilibrio y paciencia ¡increíble! Había que recorrer 30 metros lo más lento posible y ganaba el que llegaba último. Si tocabas el piso, estabas afuera.

La segunda sorpresa en Hoi An fue cuando, una noche volviendo al hostel en las bicis después de cenar, se cortó la luz en toda la ciudad. No sabíamos que ese día había un corte mundial de luz durante una hora para tomar conciencia (La Hora del Planeta). Lo mágico de esto es que la ciudad se destaca por no tener grandes edificios ni carteles, y por tener muchos barcitos y restaurantes con velas y lamparitas vietnamitas. Además, un río cruza el barrio antiguo y la gente suelta velas flotantes pidiendo deseos todo el tiempo. Fue un regalo vivir esa noche con muchas más velas de lo común por todas las calles y río. Debe de ser una de las ciudades más indas del mundo, de noche.

Una frase célebre en esta zona es “Same, same… but different”, o sea, igual, igual… pero distinto. Es muy indicada para describir la dinámica con la que se mueven en sus vidas. Nada es exacto ni ordenado (esto me recordó mucho a Bolivia pero potenciado por el idioma), pero todo puede servir/andar. Por ejemplo el precio de las cosas depende de la negociación con el vendedor. Este te da una calculadora para que pongas un precio menor al que te dijo al principio, y a partir de ahí empieza la negociación. También puede pasar que por un mismo servicio se pague distinto monto y que no se reflejen las cosas como están en el folleto que te venden. Puntualmente nos pasó cuando compramos una noche en un barco para navegar por Halong Bay en Vietnam, que el barco era muy distinto al de la foto y que todos los tripulantes habían pagado distintos valores por el mismo servicio. Aparte de que habían sobrevendido la plaza y tuvimos que cambiarnos de barco para poder dormir.

Una de las mejores sorpresas que nos llevamos fue saber que viviríamos el año nuevo budista, conocido como Songkram.

Es un festival de agua que dura tres días y que nos tocó vivirlo en Krabi (Sur de Tailandia). Todos salen a la calle con baldes, mangueras y pistolas de agua o en camioneta con fuentones gigantes llenos de agua. Es una especie de bendición. Aparte de que es un placer por el calor que hace.


Un disgusto y una odisea

Otro día me llevé un gran disgusto. Al entrar a una cueva en Halon Bay (Vietnam), la cámara de fotos dejó de andar repentinamente. Me puse a llorar después de haber probado todo para que funcionara. La gente pensaría que estaba loca. Yo sólo pensaba lo peor. Que la lente se había roto y en ese lugar iba a ser difícil encontrar a alguien que la arregle y que iba a tener que sacar fotos con una cámara común, con lo que disfruto de la fotografía. Al final salí de la cueva y, con mejor luz, probé todo y terminó resultando que era una memoria nueva que, de repente, no la cámara no la reconocía. También de eso se aprende algo…

Llegar a Camboya por tierra desde Tailandia parecía una odisea. Nos enteramos de que si íbamos en combis llenas de extranjeros, corríamos el riesgo de que nos bajaran en un lugar para sacar la VISA que parecía oficial, pero que no lo era; después te dejaban en la frontera para que continúes tu viaje (cuando vos habías pagado por todo el recorrido). Por eso decidimos ir por nuestra cuenta, como si fuéramos locales. El riesgo era el idioma. Los pocos que hablan inglés es por turismo. Pero nos arriesgamos, fuimos a la estación de ómnibus y sacamos un pasaje hasta la frontera. Nos subimos sin saber si habíamos sacado bien el pasaje porque, obviamente, no se entendía nada y nos dejamos llevar. Habíamos memorizado un video que había hecho un gallego donde mostraba dónde sí había que hacer la Visa. Así que íbamos comparando con escalera, cartel y calle para estar seguros que estábamos bien. Finalmente, todo salió casi perfecto.

Para personas como yo, un viaje a estos lugares puede convertirse en una pesadilla. Antes les decía que mi personalidad es muy analítica, calculadora y racional. Necesito analizar todas las opciones y las variables posibles frente a cualquier situación. Ver cuál es la mejor opción que maximice lo mayor posible (ya sea el tiempo, el costo, la época del año, el resultado, el contenido, la experiencia, etcétera), y en el Sudeste asiático casi ningún dato es medible, confiable, entendible. Uno te dice una cosa, otro otra, otra información no existe y, para colmo, después resulta que, lo que te habías imaginado que iba a pasar, no sucede. En ese sentido, para mí era un desafío… Y creo que, como finalmente logré relajarme, fue uno de mis mejores viajes como mochilera. Desde el primer día entendí que iba a ser difícil organizarse, por lo que tenía que dejarme llevar y que las cosas sucedieran. Igualmente creo que es muy útil leer blogs y foros en la web antes de viajar. Ahorra tiempo y te da una idea del panorama que vas a vivir. Aparte de que dicen que los viajes se disfrutan más cuando se organizan que cuando se viven. Leer una experiencia e imaginarte la tuya es algo que no tiene precio. Vivirla, tampoco; pero no hay nada que compita con la imaginación.

Creo que cada persona vive los viajes de distinta manera. Por más que leas rutas de viaje  e investigues un montón, solo sirve para imaginarnos todo, porque después es la realidad y el presente los que te abren caminos y oportunidades.

Todos somos distintos y hay tipos de viaje y lugares para todos los gustos. A su vez, un mismo lugar y una misma persona pero en distinto momento de la vida, nos da como resultado una experiencia totalmente distinta. Porque los lugares no nos llegan sólo por el paisaje, sino por las cosas que vivimos, por las personas con las que charlamos y por las experiencias que tenemos. Todo eso tiene que ver con el estado de ánimo y el momento que uno está transitando al momento de viajar. No somos nosotros los que llegamos o atravesamos un lugar, sino que es el lugar el que nos invade a nosotros. Y depende de nuestra personalidad, mirada y momento de la vida el cómo nos va a caer y la sensación que nos vamos a llevar.

 

 


Esto no entró en la nota

… un día recorriendo la isla de Koh Samui sin querer terminamos en la zona roja…

… para cruzar la frontera por tierra de Tailandia a Camboya nos memorizamos un video que había hecho un gallego donde mostraba en qué lugar debíamos hacer la Visa exactamente (ya que hay muchos lugares que parecen oficiales pero no lo son y pagás una Visa que no sirve)….

…nos cansábamos de hablar en inglés y que no nos entendieran. les empezábamos a hablar en jeringozo (entiéndase como un idioma que no existe)…

… nos «pasearon» en tuk tuk en Bangkok. Para que les paguen la nafta, tienen un convenio con un amigo sastre o un amigo que tiene oficina de turismo, y sin que le pidas te van parando en esos lugares para que bajes…

… tuvimos que nadar como 80 mts., la mayoría a oscuras, por abajo de una cueva, para llegar a una playa oculta a los pies de un inmenso acantilado en Ko Lanta (Tailandia). Se llama cueva Esmeralda. Teníamos salvavidas pero no linternas porque nos separamos del responsable de la lancha…

… compramos un pasaje para ir del Sudeste de Tailandia al Sudoeste. El mismo incluía todo esto: viaje en ferry, en combi, en bus y en plataforma que transportaba autos por el río. Todo en uno…

… nos olvidamos a dos buceadores en el mar cuando estábamos en Ko Tao (Tailandia), en el último día de la clase de buceo del Open Water (curso que te permite descender hasta 18 metros en cualquier lugar del mundo sin vencimiento). Por suerte noté que faltaba gente y cuando volvimos no fue difícil encontrarlos…✪



 







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