Miedo en la ruta 40

RELATOS DE VIAJE / 6 julio, 2019

De los 24.000 kilómetros que hicimos por todo el país, el peor tramo fue en la ruta 40, a la altura del lago Cardiel. Y les aseguro que quedarse atascado en lo más remoto de la patagonia austral, donde pasa un auto cada muerte de obispo, es realmente inquietante. Acá, el relato de lo que vivimos esa mañana.


Escribe Guille Gallishaw. Sacan fotos Juan Martín Roldán y GG

No quisiera ser amarillista, pero el día que unimos Gobernador Gregores con El Chaltén por la Ruta Nacional 40 sentí cómo el peligro nos tocaba muy de cerca. Durante la primavera, esta zona de la Patagonia austral está desierta de personas; pueden pasar varios días sin que pase un solo vehículo. Si nuestro auto se quedaba atascado, la situación era de un peligro extremo: no hay a quién pedirle ayuda y, por la noche, el frío puede llevarte a la hipotermia. Teníamos comida, calentador, bolsas de dormir y varios otros elementos de supervivencia, pero conozco varias historias de gente que se quedó atascada en situaciones similares y algunos no la contaron.

Hablando de historia, la nuestra es así: estábamos haciendo un libro para Jeep Argentina; recorríamos el país de punta a punta junto a mi amigo Juan Martín Roldán. Para fin de año, debíamos entregarle a Jeep el libro terminado, por eso, nuestra agenda de viaje era ajustada. Cuando llegamos a Santa Cruz, ya habíamos andado por todo el territorio argentino, desde el Litoral y el NOA, pasando por Cuyo y una buena parte de la Patagonia. Esa mañana, el plan era ir desde Gobernador Gregores hasta El Chaltén, y estábamos entusiasmados por entrar, al fin, en el Parque Nacional Los Glaciares. Salimos del hotel y paramos en una estación de servicios para cargar nafta (y galletitas para el mate). Le preguntamos al playero qué tal estaba la ruta, si tenía tramos complicados, si se podía circular. “Impecable. Además, cuando no está transitable, la cierran”, nos dijo. Así que nos fuimos, con la idea de que en tres o cuatro horas estaríamos en El Chaltén.

Una vez que pisamos la ruta, nos llamó la atención que había muchos y grandes charcos de agua. “Mirá, allá a la derecha está la ruta, pero se ve que la están asfaltando”, me dijo Juan. Yo manejaba. “Y esto es un camino alternativo, que va paralelo a la traza original.” Vimos algunas máquinas, pero no había señal de gente trabajando. Estábamos solos. Y, de a poco, esos charcos empezaron a ser cada vez más grandes hasta que, en un momento, todo era agua y barro. Íbamos en un Jeep Wrangler, tal vez el mejor vehículo todo terreno del mundo, pero inclusive así, si no tomás las decisiones acertadas en el momento indicado, podés quedarte atascado en un segundo. Juan grabó algunos tramos en video, y se ve realmente peligroso, inquietante. Pero en revoluciones altas y regulando la velocidad, el Jeep avanzaba. Hubo un solo momento de zozobra, cuando vimos que el agua cubría todo el ancho de la ruta, y hacia delante, no lográbamos ver el final de ese tramo. El riesgo es no ver si hay grandes desniveles en el suelo. Hubo un largo silencio en la cabina, unos diez minutos en los que no hablamos. Hasta que apareció un largo tramo sin agua, con barro seco y respiramos.

Cuando divisamos a lo lejos el inhóspito lago Cardiel, hubo un griterío alegre en el Jeep. Pero, en seguida, algo nos llamó la atención: por delante teníamos una larga bajada y, al final, una camioneta. Era una Boxer con dos chilenos; hacía casi un día que se habían quedado atascados y no había pasado nadie. El tren delantero de la camioneta estaba enterrado por completo. Charlamos un poco acerca de cómo sacarla, enganchamos el malacate del Jeep, y después de dos tirones, la sacamos. Estaban felices; nos abrazaban y gritaban no sé qué. Nos deseamos suerte, les propusimos que fueran ellos adelante, por si se volvían a quedar y arrancamos. Pero la ruta se puso peor y a poco de avanzar, se atascaron de nuevo. Esta vez, ni siquiera intentamos sacarlos; avanzamos y cuando vimos un puesto de Vialidad, dimos aviso.


Guille con los chilenos que se habían quedado en el barro.


Cuando por fin llegamos a una parte donde ya no había barro, frenamos. Me sentía exhausto. Con Juan nos pusimos a repasar lo que había pasado durante las últimas tres horas. El Jeep estaba irreconocible, con barro hasta el caracú. En eso estábamos cuando vimos venir en sentido opuesto a una Ecosport. Eran dos alemanes, un francés y un inglés; todos de veintipico. Habían alquilado la camioneta en El Calafate y querían hacer la ruta 40. Si no nos encontraban a nosotros, habrían pasado varios días atascados por ahí, sin bolsas de dormir ni alimentos… En un español muy centro europeo, dijeron: “¡Gracias! Qué bueno que encontramos ustedes”.

A la noche, comimos pizza en El Chaltén. Pero la historia de esa pizzería es para otro capítulo. O, mejor dicho, para escribir un libro. ✪


Juan (el de la derecha) habla con los estudiantes europeos



 







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