A ella la encontramos en la selva

Destacada / RELATOS DE VIAJE / 22 mayo, 2019

Llegamos al Parque Nacional Iguazú, recorrimos las cataratas y después fuimos a donde nadie va: la Seccional Yacui. La ruta de tierra roja, la selva, los cazadores furtivos, el yaguareté y una guardaparque que persigue palmiteiros. Los viajes siempre te sorprenden, y este lo hizo de una forma inesperada.


Escribe y saca fotos Guille Gallishaw

Cada viaje empezaba con una pascualina. Teníamos que recorrer el país completo (sí, completo), y por temas logísticos, lo dividimos en tres. Nos íbamos durante casi un mes, volvíamos a Buenos Aires, nos re organizábamos y, a las pocas semanas, volvíamos a salir. Así, tres veces. Y cada vez que volvíamos a salir, mi madre nos hacía una pascualina, que solíamos comer en la ruta cuando llegaba la hora del almuerzo. Lo que quedaba, lo matizábamos con mates al día siguiente.

La primera etapa de este súper viaje fue al litoral. Como nos enseñaban en el colegio, el litoral argentino abarca las provincias de la Mesopotamia, más Santa Fe, Chaco y Formosa. Cuando ya viajaste lo suficiente (Juan y yo llevábamos más de una década viajando por el país), aprendés a liberarte de prejuicios y expectativas. Lo planificás, y luego, que suceda lo que tenga que suceder. Y una de las cosas que nos sucedió fue que nos cruzamos con una guardaparque que persigue narcotraficantes, cazadores furtivos y traficantes de palmitos. Sí, palmitos, porque está prohibido por ley cortar la palmera del palmito. Para extraerlo, hay que cortar la planta y, una vez hecho eso, la planta muere. Y como fue un árbol tan depredado, está en peligro de extinción.


La RP101, y la selva que la rodea, la oscurece y, por momentos, la cubre


Habíamos llegado al Parque Nacional Iguazú, y allí hicimos lo que había que hacer, o sea, recorrer las pasarelas y sacarles fotos a esas cascadas descomunales. Cuando ya habíamos juntados buen material, pensamos en ir hacia el otro extremos del Parque, donde no van los turistas, que no van porque, básicamente, no hay nada para hacer: selva, selva, selva y más selva. Es la ruta provincial 101, de tierra roja, que sólo la recorren los pobladores de lugares como Andresito. Cuando llegamos al límite del Parque Nacional, vimos a la derecha una casa de guardaparques. Bajamos a ver qué onda. Y resulta que nos recibió Cecilia Belloni, una joven vestida con borcegos negros, pantalón verde con bolsillos cuadrados por encima de las rodillas y una remera tipo camuflada, de escote redondo. Cecilia tendría en ese entonces unos 30 años. A esa parte del viaje se había sumado la que era mi novia en ese momento, y creo que los tres (Juan, mi novia y yo) nos enamoramos de Cecilia.

Después de que le contamos que éramos periodistas y fotógrafos y que estábamos haciendo un libro de Argentina, se ofreció a llevarnos a la selva. Anduvimos un poco por la 101 y bajamos a caminar. Por donde miráramos, parecía imposible entrar, pero Cecilia, sin machete, andaba como si hubiera senderos bien marcados. Pisaba suave, a veces en cuclillas, y con las manos iba corriendo plantas, lianas y enredaderas. Y nosotros la imitábamos. Mientras, nos iba contando lo que dije más arriba: que ella y su compañero guardaparque tenían que recorrer la zona en busca de cazadores furtivos y palmiteiros, que iban armados y que muchas veces tuvo que perseguir, en medio de la selva y arma en mano, a delincuentes.

A Juan y a mí nos apasiona la Naturaleza y su funcionamiento. Sabíamos que la selva misionera (técnicamente es el Bosque Atlántico del Alto Paraná) es una de las regiones más amenazadas del planeta porque la talaron y lo siguen haciendo. Laureles, lapachos, guatambúes, timboes, helechos… bueno, no quiero aburrir con estos datos. Pero sí contar que es una de las regiones en las que queda una pequeña población de yaguaretés. Dicen los investigadores que en Misiones quedan menos de 200 ejemplares. Poco, eh. Un bicho que llegó a habitar hasta Buenos Aires, hoy quedan unos de 250 en todo el país. Pero además de la problemática ambiental, con Juan sabemos que tiene un valor cultural muy fuerte. Suele haber una mezcla de miedo y admiración, y un sinfín de leyendas. Las historias de encuentros reales, con el paso del tiempo y de los relatos, pueden mutar y convertirse en leyendas. Algunos le dicen tigre, otros, tolongo, y muchos no lo llaman por su nombre, sino que le dicen “él”. “Parece que anoche anduvo él.” Y Cecilia también tuvo sus encuentros. “Íbamos con mi pareja y mi hijo. Veníamos por esta ruta, ya de noche, y lo vimos a un costado. No se movía, estaba sentado. Frenamos, apagamos las luces y él caminó despacio hacia la parte de atrás de la camioneta. Lo perdimos de vista y pensamos que se había ido, pero cuando encendimos las luces, estaba frente a nosotros. Era enorme y daba vueltas. Era raro. Dimos marcha atrás muy despacio. Parece que, justo antes de que pasáramos nosotros, un auto había atropellado a un bicho, que había quedado tirado al costado de la ruta. Y este yaguareté lo quería para él, pero nosotros habíamos frenado justo ahí. Por eso, cuando dimos marcha atrás, agarró el bicho, que no vimos qué era, y desapareció en la selva.”

En 2018, más de un millón de turistas visitó el Parque Nacional Iguazú. De todos ellos, ninguno salió del Área Cataratas. Nosotros tampoco teníamos planes de hacerlo, pero las ganas de conocer más nos movieron a salir, aunque sea por un rato, a ver qué onda. Y esta vez, hubo mucha onda. Si no hubiésemos salido del Área Cataratas, nos habríamos perdido de conocer este otro lado de la selva misionera. Y a Cecilia, claro.

Nos volvimos a Puerto Iguazú con las últimas horas del día. Mi novia se volvía a Buenos Aires a la noche y la llevamos al aeropuerto. Después, con Juan volvimos al Parque Nacional Iguazú a hacer la salida nocturna a la Garganta del Diablo, que se hace cuando hay Luna Llena. Al final, se hicieron como las once y media de la noche y teníamos hambre. Mientras volvíamos al hotel, Juan me dijo: “Qué bien nos vendrían unas porciones de la pascualina que hace tu santa madre, eh”. ✪


Cecilia posa para la foto en medio de la selva, pero está nerviosa porque le da vergüenza estar frente a una cámara







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