El que hace fuego bajo la lluvia

Destacada / RELATOS DE VIAJE / 17 abril, 2019

Un nuevo viaje a San Martín de los Andes me reencontró con mi amigo Augusto. Acampamos en Nonthué, visitamos un nuevo museo y agotas decenas de termos de mate. Este es el relato de una amistad a distancia, que ya lleva 20 años.


Escribe y saca fotos Guille Gallishaw

Ya perdí la cuenta de las veces que viajé a San Martín de los Andes. De lo que sí me acuerdo es de que, en mi segundo viaje, conocí a Augusto Gorchs, un guía de montaña que me llevó a una cabalgata de cuatro días por la zona del lago Hermoso. Era el año 1999 y yo escribía para una revista de viajes; además, me acuerdo de una emoción muy puntual: era la primera vez que me encomendaban que, además de escribir, sacara fotos (hasta ese entonces, había viajado siempre con fotógrafo). También era la primera vez que hacía una cabalgata y que dormía al sereno, sin carpa. Creo que por aquellos días, jamás imaginé que Augusto se convertiría en uno de mis amigos más cercanos. Bueno, no tan cercano, porque vive a 1700 kilómetros de mi casa, pero acá viene la frase archi-común que dice que no importa la distancia, sino la amistad. En fin… la cuestión es que hace unas semanas, estuve nuevamente en San Martín de los Andes y, con Augusto y su hijo Fran, salimos a acampar a la zona del lago Nonthué.

Cuando conocí a Augusto en aquella primavera de 1999, él estaba de novio con Sole; ambos vivían en una casa diminuta a unas cuadras del centro de San Martín de los Andes y, por aquel entonces, compraron un lote en el camino que va al lago Lolog, donde había una sola casa construida. De a poco, el miso Augusto fue construyendo la casa. Hoy luce bellísima, muy cálida, con una fuerte identidad; además, tienen dos hijos adolescentes, Fran y Nacho.



En estos veinte años, Gus se dedicó a organizar cabalgatas, travesías en canoas canadienses y ascensiones a distintos cerros de la zona (Falkner, Colorado, Mallo, Lanín). Es un tipo súper práctico y un gran resolvedor (no creo que exista esa palabra) de problemas. Lo he visto hacer fuego bajo la lluvia, buscando ramitas y hojas secas, e insistir hasta que el fuego apareció. Una vez me llamó y me dijo: “Quiero probar una travesía por el Parque Nacional Los Alerces. ¿Te venís?”. Y fui: remamos seis días por lagos y ríos del que, para mí, es el más bello de los Parques Nacionales de Argentina. Estuvo tan bueno que salió en la portada de la revista en la que yo trabajaba. En otra oportunidad lo llamé y le dije: “Estoy triste, corté con mi novia. ¿Voy para allá y hacemos alguna salida?”. Me dijo que sí y nos fuimos a caminar por una zona que ni él ni yo conocíamos. Es como atrás de Paso Córdova, cerca del río Caleufu. Estuvo alucinante porque es una zona en la que la Cordillera se fusiona con la estepa, y los cerros parecen deformes; el bosque empieza a ralear y los ríos descienden calmos. Vimos unos diez cóndores volando sobre nuestras cabezas, a pocos metros. Y ¿qué más pasó? Pues a ese trekking había venido su amiga Julieta Gastellu, quien hoy es de mis amigas más cercanas. En aquel viaje, Gus me dijo: “dejate de joder con esa novia; si no cambió hasta ahora, no lo va a hacer nunca. No esperes cosas de las personas que nunca te van a dar”. OK le dije, pero lo entendí mucho después.


Gus y Juli durante el trekking por Paso Córdova


Este verano volví a San Martín de los Andes. Me alojé en la hostería La Casa de Eugenia; para mí, el lugar más cálido y precioso del pueblo. Con Eugenia y su hermano, Agustín, también nos hicimos amigos. Además de pasar varios días con Julieta y su familia, Gus me llevó a acampar a Nonthué, que es al fondo del lago Lacar, cerca del límite con Chile. Resulta que en el camping, mi amigo Pablo Robledo tenía la concesión de un foodtrack, así que pasé largas horas charlando con él. A la mañana siguiente, bien temprano y mientras todos dormían, nos fuimos a caminar con Gus. Lloviznaba y, de a ratos, salía el sol. Con él, rara vez hablamos de cosas profundas de la vida; las charlas van más por el lado de la Naturaleza. Y pasamos largos ratos en silencio. De regreso al pueblo, pasamos por el museo de la familia Misciu, en el que el padre y tres de sus hijos, exhiben sus fotos y pinturas. Se los recomiendo; parece sacado de otro país.

Esa noche fui a cenar solo; mi libreta de anotaciones y yo. Creo que fue el inicio de un libro que algún día escribiré. ✪







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