Un viaje por Catamarca y La Rioja

Destacada / RELATOS DE VIAJE / VIAJES / 15 abril, 2019

Nunca imaginé que un viaje para degustar algunos vinos, me llevaría a encontrarme con una tormenta de arena en el desierto, a conocer a Francis Mallman, a caminar por espectaculares senderos incas, o descubrir antiguas rutas del oro…


Escribe Fede Svec. Saca fotos Santiago Soto Monllor

Todo empezó en enero de 2012 y con una invitación de mi amigo Diego Conca para ver una parte de la filmación de La Tournée del Vino, un documental ideado por el catamarqueño Hugo Diamante, un singular emprendedor que, en su tarjeta personal de aquel entonces, se definía como cultivador de rarezas.

La Tournée se estaba filmando en muchos paisajes emblemáticos de Argentina y era una especie de road movie sobre vinos pero, en realidad, era mucho más que eso… Y se estaba rodando con todo: en película de 35mm y con un gran equipo técnico. Había un grupo de periodistas especializados y estaba yo que, por ejemplo, nunca había escuchado la palabra terroir.

Siempre pensé que un viajero se diferenciaba de un turista común. ¿Por qué? Bueno, creo que un viajero, a diferencia de un turista promedio, tiene curiosidad, un espíritu de descubrimiento o una necesidad de explorar; eso lo lleva a interesarse realmente en las expresiones culturales de distintos lugares y buscar sus singularidades. Las podés encontrar  en las personas que habitan esos lugares; también en sus tradiciones y sus fiestas, sus instrumentos musicales y sus músicas, o en sus comidas y sus vinos. Yo quería encontrar los rumbos, ver qué rutas llenas de singularidades y sorpresas existían, y para eso hay que ponerse en camino, no hay otra alternativa. Y por eso estaba allí, en La Tournée.

En el Oeste de Catamarca

Nuestro campamento base era el Hotel de Adobe Casagrande, en Tinogasta, una antigua casona del siglo XIX, restaurada para dar ese confort rústico pero fantástico que ofrece esa tradicional forma de construcción. Un lugar realmente con mucha onda, donde conocí a los protagonistas del documental

Te presento los personajes en escena. Estaba, por ejemplo, el inolvidable Miguel Brascó que, entre otras cosas, es periodista y escritor; me acuerdo que, de muy joven, ya leía sus relatos de bon vivant sobre vinos, comidas, lugares, que tenían buen humor y un gran estilo. En Casagrande también se alojaba el hombre que venía de tener un gran éxito con sus libros sobre la cocina de fuegos (en esa época habían salido los dos primeros: Siete Fuegos y Tierra de Fuegos): Francis Mallmann había llegado con todo su equipo de cocina y con su guitarra. “El fuego tiene su propio idioma, que se habla en el reino del calor, el hambre y el deseo. Habla de alquimia, de misterio y, sobre todo, de posibilidades”, decía Francis en una reflexión sobre el  mágico elemento. Te lo cuento porque, seguramente, te lo estás preguntando: las siete herramientas para trabajar el fuego son la parrilla, la chapa, el infiernillo, el horno de barro, el rescoldo, el asador y el caldero.

A Mallmann lo acompañaba con sus cámaras el fotógrafo Santiago Soto Monllor. Sus fotos ilustraban esos dos primeros libros, ambos best sellers y muy bien recibidos en el ambiente especializado.

En 2009 salió el libro Seven Fires en Estados Unidos y anduvo muy bien en críticas y ventas. En 2010 quedé nominado al premio James Beard Foundation Awards, una especie de premio Oscar de la gastronomía, en el rubro de mejor fotografía. Me habían dicho que era un premio muy político, y que seguro lo ganaría un libro que había sacado un cheff americano muy conocido, así que me fui tranquilo al evento de premiación, diciéndome que era todo un honor haber sido nominado y pensando en disfrutar de una cena y un show espectacular. Cuando llegó el turno de mi premio, escuché: ‘And the winner is Seven Fires’ y mi nombre, casi me infarto… ¡no tenía preparado nada! Hecho un manojo de nervios, tuve que subir a agradecer en inglés”, contaba Santiago.

La primera noche en Tinogasta hubo asado, degustación de vinos y música. Hugo Diamante había traído como novedad varias botellas de vino KissTango, un Malbec 2005 que me pareció el mejor que había probado. A Brascó no le gustaba para nada el nombre, pero sí ese tinto. “Decir suculento es mucho; delicioso es ser escaso: el malbec más sabroso que probé. Rubí oscuro transparente; aromas densos con dejos afrutados; un paladar Peynaud intenso, envuelto, impregnante, inolvidable. De bodega Medanitos, Tinogasta, Catamarca. Todavía no salió al mercado. Nombre feo, vino genial…”, decía.

En la sobremesa, Malmann sacó su guitarra y sorprendió cantando y tocando. Eso tenía su explicación.“A los 13 años empecé a escuchar la música de protesta contra el establishment o la guerra de Vietnam, la música de la contracultura hippie, y las demás ondas americanas de los 60, Bob Dylan, Crosby, Stills, Nash & Young, Janis Joplin, Jefferson Airplaine, James Taylor… eso me gustaba mucho y decidí irme para allá cuando tenía 16 años. En esa época, lo que quería era ¡dedicarme a la música! Había estudiado guitarra clásica unos años acá y allá iba de oyente a clases en la Universidad de San Diego. En California, tocaba y cantaba en bares y,además, me iba escuchar, por ejemplo, a Dylan en el Blue Bird Café de Santa Bárbara”, nos contaba.

Después le tocó el turno de agarrar la guitarra a Raul “Tilín” Orozco, un músico de aquellos (sí, uno de los Orozco del tema de León Greco). Tilín era socio de Gustavo Santaolalla en Finca La Luna, de Luján de Cuyo, Mendoza. “Una pavada, pero ¡todos los que trabajamos en esa bodega somos músicos! Es curioso…”, decía Tilín.


De izquierda a derecha, Brascó, Mallman y Oberto


Tormenta en el desierto

Terminamos trasnochando, pero al otro día nos levantamos temprano. Había jornada de filmación en las dunas de Tatón, un lugar de ardiente belleza, muy cerca de Fiambalá. Por allá había pasado el Rally Dakar y realmente parece uno de esos tremendos desiertos africanos, con una luz vibrante y ese mar de dunas que se pierde en el horizonte.

El calor era abrasador, pero Mallmann armó su cocina y prendió el fuego, mientras que Orozco, en otro set de aquel desierto, se acomodó sobre una duna con su guitarra y su sombrero. De repente apareció un vientito, muy bienvenido al principio porque refrescaba el ambiente. Pronto se transformó en un viento que crecía cada vez mas, y en la línea del horizonte apareció una extraña nube dorada. La arena empezó a volar, pero Francis y Tilín, imperturbables. seguían filmando hasta que la gente de la zona nos dijo: “¡Se viene una tormenta de arena de las fuertes! ¡ Hay que rajar!”.

Levantamos campamento con lo justo, y salimos en las camionetas y los autos. La ruta detrás de nosotros se cerraba a la vista por el vendaval de arena que empezó a sacudir los vehículos con su fuerza. Pero, como en las películas de aventuras, nos escapamos por un pelo…

De vuelta en Tinogasta, visitamos la bodega Alta Esperanza, la más importante de la provincia. El bodeguero, el enólogo Juan Longo, nos contó durante el almuerzo de empanadas, humita y tamales, que era fanático del mountain bike y que en toda la región se hace mucho ciclismo. Pudimos probar el malbec El Deseo, uno de los notables vinos de esta bodega, artesanal pero, a su vez, con tecnología de punta.

La bodega también produce un vino de exportación para el basquetbolista Fabricio Oberto, que estaba allí presente y comió con nosotros.



Rumbo al confín del Mundo

Desde San Fernando del Valle nos subimos a las camionetas para ir hasta Chilecito, La Rioja. Allá llegaría en un vuelo privado el famoso enólogo francés Michel Rolland y nos encontraríamos con él. La Rioja ya tenía su espacio ganado en el mercado del buen vino con  el torrontés riojano, pero estaba produciendo notables cabernet sauvignon y, ahora, desarrollando el mercado del bonarda, algo que estaba haciendo, por ejemplo, la bodega que visitaríamos: Finca La Seis.

Llegamos a la pista de Chilecito a la mañana temprano y faltaba bastante para que llegase el vuelo de Rolland. El lugar tenía un estética de los años 50, y estaba bien cuidado pero curiosamente vacío, literalmente, como un aeropuerto fantasma… hasta que llegó la gente de la torre de control. Es que no aterrizaban allí vuelos comerciales, y si nadie volaba especialmente, la pista quedaba en una solitaria espera.

Cuando finalmente estaba llegando el avión, también lo hacia una caravana de autos. De uno se bajó el gobernador de La Rioja, que había venido a recibir al enólogo francés.

Mi charla con el gobernador

En Finca La Seis, después de visitar la bodega, terminé sentado en una mesita redonda junto a Rolland y Luis Beder Herrera. El tema era el vino, hasta que el gobernador me miró y preguntó: “¿y vos qué hacés?”. Le contesté que era periodista, especializado en turismo… ¿Y qué conocés de La Rioja?, volvió a preguntar. Bueno… un poco de La Mexicana, le dije. “¡Ah! ¡Tenés que conocer la provincia!”, me contestó, mientras agarraba su celular y hacía una llamada.

“¿Hola Álvaro? Acá estoy con un amigo… ¡Tenés que hacerle conocer La Rioja!”

Para hacerla corta, a las dos semanas estaba aterrizando en el aeropuerto de La Rioja Capital, y lo había enganchado a Santi Soto Monllor para hacer las fotos. Nos esperaban Álvaro del Pino y Gustavo Agüero, quien vendría con nosotros hacia Chilecito.


Fede, en la entrevista con el entonces gobernador de La Rioja, Luis Veder Herrera


Mi viaje a La Rioja

Nos subimos a una camioneta y ya en camino por la RN40, La Rioja comenzaba a sorprender. A poco de andar, ya estábamos literalmente rodeados por cordones montañosos de una gran belleza, donde se destacaba una cima blanca que brillaba por el sol.

“Tenés la Sierra de Famatina al Oeste, la sierra de Velasco al Este, y las estribaciones del Cordón de Paimán que llegan hasta el interior de Chilecito -me aclaró Gustavo Agüero, y siguió con una larga descripción -. El cerro que te llama la atención se llama General Belgrano, el Nevado de Famatina, tiene 6.250 metros de altura y la cumbre está formada por tres picos, el mas elevado es el Blanco o Alto, y después están el Negro y el Rosillo.”

Me decía que es un desafío muy lindo para hacer, que él ya lo había subido «Es un seismil que no forma parte de la Cordillera de los Andes, sino de las Sierras de Famatina que, a su vez, son estribaciones de las Sierras Pampeanas. Los pueblos originarios de la etnia diaguita ya conocían y reverenciaban estas sierras a las que llamaban Wamatinaj, porque los wamatina eran los diaguitas del grupo capayán ,que habitaban en el valle que estaba al este de la montaña.”

Pronto nos dimos cuenta de que, además de ser un funcionario público, Gustavo era un aventurero como nosotros, apasionado por la Naturaleza y por la alta montaña. Había hecho el curso de Guía de Montaña en Mendoza, con compañeros como Heber Orona, y tenía subidas muchas cimas emblemáticas: Aconcagua, Ojos del Salado, Pissis… Así que enseguida supimos que en ese viaje la íbamos a pasar bien, porque compartíamos la misma pasión.

Llegamos a Chilecito, la segunda ciudad más importante de La Rioja, y una especie de capital de la aventura en la provincia norteña. La palabra Chilecito tiene su origen en la lengua aymará, y quiere decir confín del mundo o zona alta. Estacionamos frente al Ente Municipal de Turismo  (EMUTUR) donde nos estaba esperando Mario Andrada, el presidente del organismo, y un apasionado de la Naturaleza y la aventura; guía de montaña, andinista, y corredor de mountain bike. Por eso, porque es un conocedor, estaba trabajando mucho y bien para establecer y hacer crecer las actividades al aire libre en su municipio.

En la oficina de Mario también estaba José Luis Carrizo, un guía de turismo aventura y gran persona, que nos acompañaría en todo ese primer viaje, y sería el guía en todos los trekkings que haríamos después.

La mejicana: oro, ambición y decadencia

Con mate y facturas de por medio, el siguiente tema de charla fue la mina La Mexicana y el extraordinario cable carril que construyeron los alemanes para llegar a ella, a principios del Siglo XX.

Presten atención al relato de Mario: “Resumidamente, la búsqueda de minerales en la región, especialmente de oro, es muy antigua; se remonta, con seguridad, a la época de los incas, y luego la continuaron los jesuitas, y  muchos otros como los mejicanos. Siempre, la gran dificultad fue el transporte de los minerales desde las alturas de la Sierra de Famatina y, entonces, por iniciativa de Joaquín B. González, se comenzó a construir en 1903 un cable carril para unir Chilecito con la mina La Mexicana, ubicada a 4.603 metros de altura. La obra de ingeniería que realizó la empresa Adolf Bleichert, de Leipzig (Alemania) fue prodigiosa: 35 kilómetros de cables de acero para soportar las vagonetas de transporte de mineral, 262 torres de hierro, 9 estaciones de control, un túnel de 159 metros excavado en la roca, la primera instalación telefónica realizada en el país… Aún hoy, asombra”.

La explotación de La Mexicana se inició en 1905 y terminó en 1925. Hoy en día, todavía hay oro en las entrañas del Famatina, pero no se toca… Sin embargo, como viajero podés encontrar otro tipo de riquezas, tanto o más valiosas. Hay para hacer distintos trekkings a cada una de las estaciones de control. Por un lado, está la Naturaleza, los paisajes espectaculares que vas a poder ver. Por el otro, hacés también un viaje en el tiempo para descubrir la historia de la Mexicana, y sentirte un explorador del pasado.

A medida que aumenta la altura, sube la dificultad y el grado de esfuerzo para llegar a cada estación; las estaciones 2 y 3 son dos clásicos programas que pueden hacer prácticamente todos, y tienen los elementos para vivir una aventura que vas a recordar. Si querés llegar a la Estación 9, la cosa es bastante más difícil, porque a 4.600 metros vas a estar en el mundo extremo de la alta montaña. La estación sirve de campamento base para los ascensos que se hacen al Cerro General Belgrano, un gigante nevado que exige verdaderas expediciones para conocerlo.



Cómo visitarla

En este viaje, tuvimos cinco días a full, sin parar, pero solo alcanzó para vislumbrar los caminos del oro del Famatina con una caminata hasta la Estación II del Cable Carril. Las crónicas detalladas de ese trekking y varios otros en La Mexicana, las vas a poder leer en próximas notas de Ochentamundos. Por ahora, te comparto un secreto que me contó Mario acerca de la Cuesta de Miranda: “Si salimos de Chilecito por la mítica RN 40 hacia el Oeste, después de unos 35 kilómetros, llegamos al paraje Cuesta de Miranda. El camino tiene su historia, está construido sobre una antigua senda de animales que los nativos usaban para cruzar hacia el oeste, hacia la cordillera riojana, culturas como la aguada o los diaguitas… Luego llegaron los incas, que mejoraron el camino con sistemas de pircas, piedras cortadas a mano y trabadas entre sí. Allá por el 1800, los arrieros lo usaban para cruzar de Famatina hacia Villa Unión. A principos del siglo XX, se le encargó al ingeniero italiano Vicente Bolloli la construcción de la Cuesta de Miranda. El nombre viene del adelantado español don Juan de Miranda, quien fue el antiguo dueño de estas tierras. Usando materiales del lugar, sin cemento ni ningún otro tipo de pegamento, sino los mismos sistemas de pircas incas para no impactar con el paisaje, Bolloli tardó 10 años para finalizar la obra, de 1918 a 1928. La Cuesta tiene una longitud de 12km y llega a una altura máxima de 2.020 msnm en el paraje llamado Bordo Atravesado. Actualmente es parte de la Ruta Nacional 40”.

En la ladera de la montaña se conservan senderos que forman el Camino del Inca, y en ellos se pueden hacer diferentes trekkings. En este viaje, hicimos uno corto, de medio día, con unas vistas panorámicas espectaculares de la quebrada del río Miranda. Ya te vamos a contar los detalles… También  en la zona se tiene la posibilidad de avistar cóndores, ya que la Cuesta de Miranda fue elegida por la Fundación Vida Silvestre para la suelta de cóndores rehabilitados o nacidos en cautiverio.

Y colorín, colorado, está crónica de viaje se ha terminado, pero vendrán muchas mas de Catamarca, La Rioja, toda la Argentina, todo el mundo…




 







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