La patagonia profunda

VIAJES / 20 junio, 2018

Esta es una serie de crónicas de viaje en la región del nuevo Circuito Parque Patagonia, uno de los rincones del mundo que todavía nos permite vivir verdaderas aventuras y, también, ayudar en la conservación de ecosistemas. Una experiencia trascendental… Primera crónica.


 Escribe Fede Svec. Foto de apertura de Hernán Povedano

Si estás buscando una región patagónica, todavía agreste, muy poco visitada, con un aura de misterio, que despierte ese espíritu de descubrimiento, esa alma de explorador que está medio dormida si vivís en la ciudad, te vamos a contar de una, grande, espectacular, y que no tenés que dejar de conocer. Se llama Circuito Parque Patagonia. También le dicen Circuito Binacional, porque la idea es unificar todo ese tesoro natural encerrado en la geografía de parques y reservas de Argentina y Chile.

Hacia La Ascensión

Llegar a nuestro destino no fue fácil. Tomamos un vuelo hasta Comodoro Rivadavia, en Chubut, donde nos fue a buscar con su camioneta Guido Vittone, de la Fundación Flora y Fauna. Quedaba un viaje de más de 500 kilómetros para llegar a la antigua Estancia La Ascensión, en la margen Sur de lago Buenos Aires, y a unos 20 kilómetros de la localidad de Los Antiguos, en la Provincia de Santa Cruz.

Aparte de sus establecimientos ganaderos cercanos (dedicados principalmente a la cría de ovejas), la localidad se desarrolló gracias a su microclima que permitió el cultivo de forraje, verduras y frutas. Son famosas las cerezas de Los Antiguos. Su nombre deriva del tehuelche “I-Keu-kon” que significaría “la gente de los tiempos de antes“.

La Ascensión sería nuestra base para una serie de trekkings y travesías que te vamos a ir contando en varias crónicas, y es uno de los viejos establecimientos adquiridos por La Fundación Flora y Fauna con propósitos de restauración y conservación de los ecosistemas naturales, junto con La Tapera, El Sauce, 9 de Julio y Los Toldos (en este último se encuentra la Cueva de las Manos).

La Fundación Flora y Fauna había participado activamente en la creación del nuevo Parque Nacional Patagonia, y ahora había adquirido nuevas tierras para preservar y restaurar; el objetivo es que, en el futuro, podrán donarse para sumarlas al territorio del actual Parque. Pero, además del objetivo ecológico, el interés de la Fundación es apoyar el desarrollo económico y social de las localidades a través del turismo de Naturaleza: mostrar sus posibilidades para los viajeros que buscan verdaderas experiencias trascendentales, que en esta Patagonia, ciertamente, están. Y esa inquietud de Flora y Fauna se está haciendo realidad con el espectacular Circuito Parque Patagonia, un recorrido de más de 500 kilómetros a través de una gran diversidad de paisajes en Argentina y Chile. ¡Y qué mejor manera de vivir experiencias que salir a caminar!

Con Guido Vittone como guía de lujo,   hicimos el primer relevamiento de varios senderos en diferentes portales de acceso al Circuito Binacional. Del lado Argentino, ingresando a través del Portal Río Pinturas, hicimos los senderos de los cañadones del Pinturas y el Caracoles; del lado de Chile, hicimos un par de inolvidables senderos a los cuales se ingresa a través del Portal Jeinimeni.

Y por el Portal La Ascensión entramos a un imperdible trekking llamado A la Proa de la Meseta, por la Meseta del lago Buenos Aires.


En un viejo puesto de la estancia Los Toldos, hoy, refugio de caminantes. De izq. a der.: Miguel Coranti, Fede Svec, Guido Vittone, Marian Labourt y Gustavo Serna.


Las Colinas de Dios

Pero antes de seguir en próximas notas con las crónica de los trekkings, vamos a introducirnos un poco en los orígenes, características, historias y leyendas de la región.

La gran Meseta del lago Buenos Aires se formó hace unos cinco millones de años, en el Plioceno. Hay otro antiguo nombre para la elevación: Ashpesh o Ashpaik, asociado a leyendas y mitos sobre la creación del mundo. George Musters, en los mapas de sus viajes de exploración, la llamó Colinas de Dios…

Nuevas erupciones de basaltos se produjeron en el Pleistoceno (un millón de años atrás). Por otro lado, la acción de los glaciares también contribuyó a tallar el paisaje y a crear los lagos de la región, incluyendo al que da nombre a la meseta.

Después del Lago Titicaca en Bolivia y Perú, el Lago Buenos Aires (nombre poco representativo si los hay para este hermoso espejo de agua) es el segundo más grande de América del Sur. Tiene una superficie de 2.240 km2, de los cuales unos 881 km2 pertenecen a Argentina, y el resto, a Chile, donde tiene otro nombre: General Carrera. En todo caso, es extraño partir un lago por la mitad, algo que sus aguas profundas, azules y normalmente turbulentas seguramente no tienen en cuenta. Tal vez sería mucho más apropiado volver a uno de sus nombres originarios. Según le contó el cacique Tehuelche Kankel al explorador galés Llwyd Ap Iwan (quien recorrió la zona en 1894), el largo nombre que los nativos le daban al lago era In Geut Kaik Kego Kene Munee (que significaba entre cerros y colinas, largo y grandioso). Bromeando, Ap Iwan le dijo a Kankel que era un nombre muy largo, y el cacique le respondió que como el lago es grande e importante, su nombre también lo era. Otro nombre más corto y representativo que le dieron los Tehuelches era Chelenko (lago de las tempestades). Si no se vuelve a los originarios, tal vez no sería malo considerar un nuevo nombre que identifica la esencia de la región, simplemente: Lago Patagonia.…

Como todo gran espejo de agua, el lago también tiene su monstruo legendario: el feroz Iemisch o Jemisch de los tehuelches, un animal anfibio que vivía en el agua y salía a comer gente y ganado a la orilla del río, en horas de la noche. Los Tehuelches meridionales lo llamaban Yem’chen (tigre del agua).


¡Alla vamos! Guido Vittone nos señala la Proa de la Meseta, el destino de un trekking que requiere bastante esfuerzo. Foto de Miguel Coranti


Quiero terminar esta primera nota contándote las sensaciones qué experimenté en esas tierras de las Colinas de Dios.

Llegar arriba de esta meseta, a 1400 metros de altura, es como entrar a un paraíso perdido, aislado y detenido en el tiempo. Sobre la tierra de esa estepa patagónica, el horizonte es infinito…

Todo es Naturaleza y no se ve ningún rastro de civilización: ni antigua ni moderna, ninguno…”

Tampoco se escucha ningún ruido, sólo el sonido del viento y, cuando no sopla, tal vez algún pájaro se hace oír. Estar parado allí genera una mezcla de emociones. Por un lado, la maravilla del paisaje te cubre como un bálsamo y te sentís bien. Pero, en el fondo de tus percepciones, aparece un atisbo de inquietud, la perturbadora sensación de estar en una tierra primigenia, en otra era, donde todo, todavía tiene que suceder. Pensás varias cosas, que es tan sólo el miedo a lo desconocido en un ámbito inmenso y verdaderamente agreste; y, también, en medio esa soledad, cosas más locas, como que no sería extraño ver un par de orkoraptors, supuestamente extintos dinosaurios carnívoros patagónicos de unos 7 metros de largo, corriendo sobre los coirones hacia vos, que no tendrías que estar allí, porque como el primitivo hombre de las cavernas, sos la presa, ¡un fast food jurásico!

Súbitamente, ¡algo aparece!, ¡se mueve sobre una lomada!; afortunadamente, solo un grupo de guanacos curiosos que se quedan mirándote con cara que parece decir ¿qué estás haciendo acá? ¡que ganas de joder che!… Después, con tranquilidad, con elegancia, se dieron vuelta para seguir con sus cosas y me dejaron solo. ✪




 







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