Volcán Zapaleri, en primera persona

Destacada / Sin categoría / VIAJES / 22 agosto, 2017

Dos grupos de amigos diferentes que terminaron unidos para conquistar una misma cumbre: la del volcán Zapaleri, justo en el punto tripartito entre Chile, Bolivia y Argentina. Esta es la historia de un ascenso que empezó en una estación de servicios de Bernal y que, antes de la cumbre, recorrió una de las regiones más inhóspitas del planeta.


Escribe Carlos Cervigni📝. Fotos de la expedición📷

Estábamos desayunando en Purmamarca esa mañana soleada del sábado 2 de mayo de 2015 y, aunque aún faltaban 1800 kilómetros para volver a Buenos Aires, ese desayuno marcaba el final de nuestra aventura. Habíamos vivido diez días de 4×4 y montañismo, recorriendo 5000 kilómetros y varias provincias argentinas.

Como muchos viajes, este había nacido en una charla de asado, allá por 2011, en la casa de Ale Madia. El objetivo que elegimos fue llegar al punto tripartito más alto de América: el volcán Zapaleri, cuyo hito marca las fronteras de Argentina, Chile, y Bolivia. Se trata de una montaña de 5.600 msnm, en el medio de la Puna, sin referencias de cómo subirlo. La logística implicaba varias camionetas 4×4 preparadas, con conductores expertos, con reservas de combustibles (ya que necesitaríamos hacer 400 kilómetros sin reabastecimiento) y llevando toda el agua posible. Nos pusimos en la búsqueda de camionetas y conductores 4×4, y así dimos con el grupo Old Cabrones. Así, el equipo quedó formado: montañistas y pilotos. Nosotros éramos Martín “Pachi” Iglesias –amigo de Ochentamundos y director del Proyecto Bicentenario –, Alejandro “Madioski” Madia (comprometido con la Fundación Flexer de niños con cáncer, y con la Asociación de Deportistas Asistidos, Arturo “Artur” Diehl, Carlos Cervigni (yo), Guillermo Gambardella, Fernanda Bertoncello, Nacho Gambardella (hijo de Guille) y los Old Cabrones 4×4.

Empieza el viaje

El grupo completo se juntó en Chilecito, La Rioja (dejaré de lado algunos desperfectos mecánicos que tuvimos a poco de partir…). Ahora sí, empezaba el viaje.

Nuestra aventura arrancó subiendo a la antigua mina de oro La Mejicana. Pasamos por un gran cañón amarillo de una belleza sobrecogedora, y pudimos avanzar al costado de un río amarillo (por los minerales que transportaba); luego observamos la curiosa confluencia con el agua cristalina de deshielo.

Al día siguiente, cruzamos la frontera interprovincial y entramos a Catamarca. Comenzamos a bordear la cuesta de Zapata y entramos en la pintoresca y ajetreada Tinogasta. Nos aprovisionamos de combustible, agua y víveres y seguimos viaje hacia Fiambalá por la conocida Ruta del Adobe. Luego abandonamos la ruta y comenzamos a introducirnos hacia el diminuto e ignoto paraje Las Papas.

Después de hacer una pantagruélica picada a la vera de un arroyo,  comenzamos a introducirnos por la Cordillera de San Juan Buenaventura. Por momentos, el camino es complejo y vamos encajonados por paredones de piedra y farallones que quitan la respiración, hasta que finalmente llegamos a uno de los momentos más emocionantes del viaje: el paraje Las Papas. Allí funciona una escuela, que está a 130 kilómetros de Fiambalá, y a 4.400 msnm. Beto nos había advertido de sus carencias; por eso, todos llevamos donacionesSe trata de un caserío de 90 habitantes, con una escuelita primaria que nos recibió con amor, haciéndonos lagrimear viendo cómo recibían con alegría y con respeto las golosinas y ropas donadas. Hicimos noche en la Reserva Laguna Blanca.

Desde allí, atravesamos por completo el inhóspito altiplano de Catamarca y Salta hasta que, finalmente, llegamos a Susques y, más adelante, al paraje Minas Pirquitas. Después de varios días de andar, estábamos muy cerca de nuestro objetivo.

¡A la cumbre!

Bordeamos la Laguna Vilama, cruzamos el río Zapaleri varias veces, y alcanzamos la laguna del mismo nombre, donde armamos campamento. Dormir a 4.600 msnm no fue fácil, pero a las 5 de la mañana nos despertamos para salir a pie en busca de la cumbre del volcán Zapaleri. El amanecer dio paso al sol pleno, pero el ascenso era lento y pausado. Estábamos a merced de la Puna y los latidos del corazón parecían salir de la caja torácica. La vista era única y encaramos por una quebrada que vimos como posible, partiendo por el lado boliviano.

Si bien el viaje se completa cuando llegás a tu casa, nosotros nos abrazamos y nos emocionamos cuando alcanzamos nuestro punto máximo del viaje.

Un poco por mis fuerzas desfallecientes, y otro tanto por tradición interna, comencé a bajar muy lento, pero plenamente feliz por haber encontrado un grupo humano excepcional, y mirando este lugar recóndito en el mundo que tanto nos acercaba a la Naturaleza. ✪


 









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