Alfredo Barragán

HISTORIAS DE VIDA / SLIDER / 30 junio, 2017

Después de varios años de trabajo, Alfredo Barragán acaba de publicar el libro Expedición Atlantis, donde cuenta con textos y fotos cómo fue aquella experiencia. Por esa razón lo fuimos a entrevistar a su casa de Dolores, cuando aún estaba por entrar a imprenta. Además de ser un gran explorador, Barragán es un irreverente navegante de anécdotas. En esta primera parte del reportaje NO habla de Atlantis, a pesar de que fue lo primero que le preguntamos. Habla de su primera expedición a los diez años, de qué le decía el padre cuando Alfredo le contaba sus sueños, de cómo consiguió dos helicópteros para ir al Aconcagua y de porqué le pusieron una maestra particular a los cuatro años.


Escribe y saca fotos Guillermo Gallishaw

 

Dice Barragán que cuando tenía 10 años, se iba con un grupo de amigos a veinte kilómetros de Dolores a acampar. Salían en sus bicicletas con una carpa vieja, un rifle de aire comprimido, un calentador a alcohol y una revista de mujeres desnudas. Se iban un sábado a la mañana y volvían el domingo, antes de que se hiciera de noche. Dice que su padre lo dejaba ir porque confiaba en él. “No es que me dejaba ir porque era él un irresponsable; todo lo contrario: él era el tipo más responsable y sabía que yo hacía las cosas con responsabilidad. Además, le divertían mis sueños. Cuando yo le decía que iba a cruzar el mar, él me escuchaba. Y creo que sabía que yo hablaba en serio.”

En la Universidad me enseñaron todo acerca de cómo hacer reportajes, pero no me prepararon para entrevistar a Alfredo Barragán. Lo primero que le pregunté fue cómo nació Expedición Atlantis. Por alguna razón, habló durante 57 minutos sobre temas variadísimos, hasta que en un momento hizo un silencio, me miró y, muy suelto de cuerpo, me dijo: “Entonces, a tu pregunta de cómo nace Atlantis, ahora te respondo…” Pero debo aclarar que esos 57 minutos fueron insólitos, reveladores y con momentos que rozan el realismo mágico. Eso es lo que cuento a continuación.


“Eran un imberbe de metro y medio y 16 años, fumando pipa en La Plata”

–¿Cómo nació ese espíritu emprendedor tan tuyo?

–Mi viejo valoraba mis sueños de explorador, desde muy chico. En vez de cortar esos brotes de imaginación y decirme “dejate de joder, acá hay que estudiar”, los alentaba. Cuando tenía no más de cinco años y me preguntaban qué iba a ser de grande, yo decía que quería ser un señor de barba, que fume en pipa y que cruce el mar –Hace una pausa y quiero preguntarle algo, pero me frena con su mano derecha, mientras piensa –Empecé a leer de chico y no tenía ningún otro estímulo externo, porque no había televisión ni nada –otra vez hace un silencio, se levanta y trae borrador del libro que está por publicar. Adentro hay textos y fotos que relatan el viaje en balsa que hizo desde las islas Canarias a Venezuela bajo el título de Expedición Atlantis. Alfredo abre el borrador del libro, pasa las páginas mirándolas a vuelo de pájaro, hasta que se detiene en una, busca con el dedo índice y se prepara para leer algo importante –Empiezo contando que, de chico, leí Kontiki, Salgari, Verne, Defoe –se frena, me mira y grita –¡y tengo los libros de entonces! Empecé a leer a los tres años y medio, de curioso, y molestaba a todos para que me enseñaran. Me pusieron una maestra particular, y a los seis años había leído Kontiki. En vez de entrar a Primero Inferior, me hicieron una evaluación y entré a Primero Superior. Por eso me fui de casa a estudiar Derecho a los 16 años. ¡Solo, feliz! Me comía La Plata.

En enero del 66 me fui a La Plata, me anoté en la Facultad, me crucé a una tabaquería, me compré dos pipas y una lata de tabaco. Había prometido que cuando fuera hombre, empezaría a fumar en pipa. Vos te imaginás a un pibe, imberbe, de 48 kilos, metro y medio, caminando por La Plata y fumando en pipa. Jamás reparé en la situación, en si correspondía o no. Debe de haber sido divertido a los ojos de los demás, pero yo no me di cuenta.


“Cruzaría el mar a remo todos los años. Es una pelotudez”

Ahora me siento en la obligación de aclararle al lector que mi pregunta había sido de dónde nació ese espíritu emprendedor. Mientras lo entrevistaba, me daba cuenta de que Barragán estaba surcando caminos que se alejaban cada vez más de la pregunta inicial. No me decidía si interrumpirlo y hacerlo volver al tema, o si dejarlo ir para ver a dónde llegaría (porque él no se da cuenta y no tiene idea que está navegando sin rumbo).

–Que de dónde viene tu espíritu –le recuerdo.

–Eso leía. Robinson Crusoe, Kontiki –libro de la expedición que cruzó el Pacífico en una balsa de troncos con timón –El tigre de la Malasia, La montaña de luz, Julio Verne. Y esas lecturas me parecían normales. Y se me mezclaba la fantasía con la realidad, se me mezclaba el viaje a la Luna (ficción) con Kontiki (realidad). Me daba lo mismo: yo iba a hacer esas cosas. Y siempre dije lo mismo. Tal vez tuve la suerte de encontrar mi vocación desde muy chico.

¿Y esa vocación era compatible con los preceptos sociales?

–Es que jamás me imaginé vagando por los mares. Siempre me pareció natural que yo pudiera hacer las dos cosas. Yo podía ser un abogado en Dolores y subir montañas o cruzar mares. Y es lo que he hecho.

En Dolores tengo los amigos de toda la vida, los mismos, los de la primaria, del secundario, de la facultad. Voy al mismo café. Acá tengo todos mis vivos y todos mis muertos. Todo lo que hice en cinco continentes no lo podría haber hecho si no tuviera a Dolores, mi lugar, soy esto. Esta es mi fortaleza. Por eso digo: “pobre el que llega a una cumbre y no tiene donde volver”. Y no una cumbre de piedra: la que sea en la vida. “Pobre el que llega a una cumbre y no tiene con quien abrazarse”. Quiero llegar con mi hermano, con una amigo… de ninguna manera quiero llegar con un desconocido. ¿Solo? ¡Tampoco!

¿Harías algo solo? Lo podría hacer, ¡si soy más aplicado que todos! ¿Cruzar el mar a remo? Todos los años lo haría. ¡Si es una pelotudez! Pero dame un motivo para hacerlo. Bueno, yo no lo tengo, no tengo ningún interés en hacerlo solo.

–¿Y la familia? ¿Veías compatible tus deseos con formar una familia?

–Totalmente compatible. Yo me voy un mes al año. El resto del año soy uno más en Dolores, de traje y corbata, en mi estudio, tranquilo. Cuando fue lo de la balsa, me fui cuando lo necesitó, antes y después de la expedición. Y estaba soltero. Pero extrañaba Dolores y esperaba terminar para volver. Yo no tendría la fuerza que tengo si no fuera por Dolores: la familia, los afectos, mi lugar, mi ser. Veo a muchos tipos que no tienen a dónde volver… –silencio. –No fueron lúcidos. Los sedujo la montaña, la tapa de tu revista, los micrófonos, las redes sociales…


“En un campeonato de soñadores, salgo primero”

De a ratos, cuando Alfredo Barragán quiere que me quede bien en claro un concepto, habla con un tono marcial,. “Con la misma responsabilidad que hice siempre las cosas”, dice marcando bien las consonantes, y hasta cambiando la tonalidad de algunas vocales. Me hace acordar a Rafael Orestes por el Orti, el personaje creado por Fernando Peña. En otros momentos, en cambio, me habla como si fuera un niño que le cuenta a su amigo las travesuras que acaba de hacer. Pero lo que más me llama la atención es cuando habla como pensando en voz alta. “Somos seres narrativos y necesitamos contarnos las cosas para que tengan sentido”, dice Xavier Guix, y mientras entrevisto a Barragán, me doy cuenta de que, mientras me cuenta algunas cosas, pareciera que cobran sentido para él.

“Soy un soñador y un realizador. En el campeonato de soñadores, voy a hacer un buen papel. En el de realizadores, voy a hacer un buen papel. Y no es tan común que alguien tenga las dos cosas –me grita –A los 68 años, tengo una imaginación infantil. Sueño cosas bellas, felices. Y después no me pregunto si es posible. Voy y lo hago.”

Lo dejaría hablar, como el fluir de la conciencia, pero pienso que es momento de encarrilar la entrevista. Vine a hablar de Expedición Atlantis, porque él está a punto de publicar su libro. Así que me pongo firme.

–Decime algo –le digo con tono convincente –¿Qué querías hacer con Expedición Atlantis?

Es fácil. Primero, toda la vida soñé con hacer expediciones. ¿En el medio del mar? Sí. ¿De noche? Mejor. ¿Con olas grandes? Sí. O preguntale a un corredor de autos si le molesta que venga una curva. ¡Sí, claro que quiero que venga una ola, no seas pelotudo!


El loco Uliana y los helicópteros

Lo que siguió a continuación no tiene desperdicio y lo voy a transcribir tal cual.

–Te preguntaba por Atlantis –le recuerdo en una pausa que hace.

–Había hecho el Aconcagua en el ‘78, a la que le dediqué cuatro años. En ese momento, había querido hacer una transmisión radial desde la cumbre del Aconcagua, y todos los montañistas más experimentados me dijeron que era imposible, que no había equipos que se pudieran transportar para transmitir por radio desde la cumbre. Y bastó que me dijeran eso para que me pusiera a hacerlo. En ese interín me cruzo con un médico de Dolores y hablamos del entrenamiento para el Aconcagua. De Dolores, no del centro oncológico de Massachusetts. El tipo me dice: “Fijate que los habitantes de las alturas tienen una mayor concentración de glóbulos rojos, y eso les ayuda a captar mejor el poco oxígeno que hay en la altura”. El loco Uliana era. “Suena interesante”, le dije. A las dos semanas me dice: “Si yo pudiera hacerte una transfusión de glóbulos rojos concentrados en la altura, vos vas a tener mejor capacidad para captar oxígeno”.

Todo eso pasó mientras tomábamos un whisky en el club.

Lo fuimos pensando y me fui convenciendo. Pero tenía que conseguir un hematólogo que autorizara todo. Lo busqué por todo el país, y lo conseguí en Mar del Plata. Después fui a Mendoza y conseguí que la patrulla andina policial, recién creada, nos guiara. Conseguí los helicópteros de la Fuerza Aérea. Yo tenía 28 años… Todo lo hice con la cara y la convicción. Y no había cómo pagar la expedición. Todavía no tenía presente que era mejor sin sponsor, y salí a buscarlo, pero no lo conseguía. Yo estaba a cargo del estudio de mi viejo, que había fallecido hacía tres años, y me llegó un caso que resolví rápido y que me pagaron bien. Tenía 729 millones de pesos, algo así como 60 mil dólares. Ojo: fue suerte porque no ocurren esas cosas en un estudio de Dolores. Y yo llevaba tres años con el proyecto, que no teníamos ni una bota, ni un metro de cuerda. Cuando me pagó el cliente, dije: Aconcagua.

Reuní a todos en Mar del Plata y les dije que había conseguido la guita. El Flaco Serdá, Godoy, Mucciarelli y otros más.

Por ese entonces, en Buenos Aires estaba Marasco que vendía botas, Armellín con las cuerdas, Fugate vendía de todo, y Vieytes estaba con la pluma. Los tenía re podridos a todos, porque les pedía que me dieran el equipo, pero claro, ninguno me habilitaba nada. Así que cuando conseguí la plata me fui con el Chevy, lo puse de culata y empecé a cargar: carpas, colchonetas, bolsas de dormir de pluma de Vieytes… Eran diez equipos completos: gorra, campera, mitones… Calentadores, cuerdas, botas… Pagué todo. Pagué todo.

Yo ponía mi auto. Roberto Mucciarelli ponía su camioneta y yo le pagaba los gastos. Le pagué el pasaje aéreo al médico que iba a hacer las transfusiones. Compré toda la comida y nos fuimos al Aconcagua.

Hicimos la transmisión por radio desde la cumbre. Hicimos la transfusión de glóbulos rojos en Plaza de Mulas, con dos helicópteros… Ni mis amigos creían que iban a llegar dos helicópteros, y un día, a las cuatro de la tarde, como lo habíamos coordinado, por la quebrada se escuchaba taca, taca, taca… venían los helicópteros y a mí se me paraban los pelos…

Escuchá esto. Yo había pescado un dato… Dos años antes, en el ’76, había visto una nota chiquita en el diario, que decía que un helicóptero Lama se había posado en la cumbre del Aconcagua. “En un acto de imprudencia, el oficial fulano de tal ha sido separado de la Fuerza…” y lo recorté.

Cuando hablábamos de la transfusión, el loco Uliana (el médico) me pregunta cómo llevaba los glóbulos a Plaza de Mulas. Y la única opción era en helicóptero. Esa noche nos volvimos con el loco Uliana desde Mar del Plata, lo dejé en Dolores y yo seguí viaje a Buenos Aires. Al otro día a las siete de la mañana estaba en el edificio Cóndor.

Yo tenía un tío en Fuerza Aérea, que siempre me había apoyado. Lo voy a ver.

–¿Qué necesitás? –me apura

–Dos helicópteros en el Aconcagua –y le explico todo. En ese momento no tenía ni la plata todavía. Y le muestro el artículo del Lama en la cumbre del Aconcagua.

“Quiiiijoeputa, mirá lo que hizo”, me dice. Y él era un as como piloto y sabía evaluar lo que eso significaba.

–¿Y donde están estos helicópteros? –me pregunta.

En Plumerillos –le digo. Agarra el teléfono, llama y pregunta quién está en Plumerillos. “González Castro”, le dicen. “¡El gordo!” Resulta que el tipo estaba en el edificio Cóndor en ese momento, pero se estaba yendo a Mendoza porque perdía el vuelo. Pero le dice: “Decile a tu sobrino que mañana a la mañana me llame”.

Me fui del edificio Cóndor, le eché nafta al auto y me fui a Mendoza. Tenía un Opel K180. Lo fui a ver y ¡lo convencí!, por supuesto

Pero toda la vida fue igual. La entrega debe ser absoluta –asegura, y otra vez pone ese tono de militar que da una orden –. El secreto está en no medir el esfuerzo. No hago cálculos de cuánto me va a costar, cuánto tiempo me va a llevar ni cuánto me va a doler. El tipo que hace ese cálculo ya perdió. En definitiva, la actitud tiene que ser romántica. De esa forma, no te vas a preguntar para qué hago esto, quién me mandó.

Hicimos el Aconcagua. Ahí aprendí que podías sentirte exitoso sin haber hecho cumbre, porque yo no hice cumbre, pero la expedición sí. Dos hicieron cumbre, hicieron la transmisión desde allá, la tengo grabada. Salió por Radio Rivadavia con el gordo García Muñoz.


Hace un silencio. Yo ya me había olvidado de la pregunta de Atlantis, pero Barragán no. Toma aire, me mira y me dice: “Volví a Dolores, de novio, trabajando de abogado, con 29 años… Según algunos de mi entorno, era el momento de casarse, estar tranquilo… Y en eso estaba… Hasta que pasó esto – agarra el libro y me lee –‘No te parece que estamos demasiado quietos’, me dice el Roberto Mucciarelli por teléfono desde Mar del Plata. Vos me preguntabas como empieza Atlantis. Bueno, con ese llamado, con esa pregunta”.

 



Si querés comprar el libro, entrá a www.expedicionatlantis.com


 


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