Facundo Arana, a un año de su Everest

Destacada / HISTORIAS DE VIDA / 2 Junio, 2017

En la foto, Facundo Arana posa con el traje que usó en su viaje a la cima del mundo. Eso fue hace un año, cuando hizo cumbre en el monte Everest. Sin embargo, unos años antes había intentado ese mismo desafío por primera vez y sufrió un edema cerebro-pulmonar. ¿Qué había fallado aquella vez? ¿Por qué decidió volver? ¿Cómo fue esta nueva expedición? Nos lo contó en una entrevista.


Escribe Guillermo Gallishaw ✏️

 

Cuando Jon Krakauer escribió Into the thin air en 1994, llamó la atención sobre algo que sucedía en el Everest: las expediciones comerciales que llevaban clientes a la cima a pesar de que muchos de ellos no estuviesen preparados física y mentalmente para el desafío. Más de veinte años después, eso sigue pasando, o al menos eso me cuenta Facundo Arana, en una entrevista que compartimos con revista Nordelta, tomando un mate y en un escenario de completa calma. “La primera vez que fui al Everest, me dio edema cerebro-pulmonar –me dice, mirándome a los ojos –vos entendés la gravedad de eso”. Y la entiendo y por eso le pregunto qué sucedió. Me cuenta que, además del edema, no la pasó bien, que la forma de llevar gente de estos guías comerciales no la comparte, que no tratan a los clientes como personas sino, justamente, como clientes y que, en definitiva, lo que vio (subió por el lado de Nepal) y lo que vivió no le gustó. Intento indagar un poco más y me doy cuenta de que sucedieron cosas que no estuvieron nada bien (humanamente hablando), pero también entiendo que Facundo no tiene interés en traer a esta mesa.

Después de haberse recuperado de aquella situación extrema, fue asimilando la información respecto de lo que acababa de vivir y pudo ver con claridad todo lo que no le había gustado de aquella experiencia: lo comercial de la expedición y lo que sucede del lado nepalí (cientos de expediciones al mismo tiempo) estuvieron en el centro del disgusto. Lo escucho y pienso: “¿Y por qué volviste a ir?” Pero espero unos minutos a que avance la charla para preguntar.


–¿Cómo nació tu relación con la montaña?

–En 2003 me fui a recorrer la Argentina. Había trabajado diez años sin parar, sin sábados, sin domingos. Estudiaba teatro desde el ‘87, y se me abrió una puerta en la televisión. Agarré ese trabajo y empecé a pasar de un programa a otro, como si fueran lianas, y a veces hasta agarraba dos lianas al mismo tiempo. En 2003, después de diez años de eso, paré. Recién terminaba 099 Central y cuando me pasaron la siguiente liana, dije: “Paro. Necesito frenar”. Por impulso, me compré una casa rodante, un mapa de la Argentina y me fui por la ruta nueve y no paré hasta La Quiaca; desde ahí, bajé por la 40. Estuve seis meses viajando, pero nunca supe bien porqué me iba, ni a dónde; creo que podría no haber vuelto nunca más, porque estaba buenísimo. Iba por la 9 o por la 40, pero metiéndome por todos lados. Así terminé en Pampa del Leoncito –San Juan –, donde está el observatorio; ahí pasé dos semanas, al lado de una escuela rural que la atendía una señora que se llama Nancy; ella buscaba a los chicos de Barreal y los llevaba para darles clases. El tema es que, desde ahí, bajé hasta Uspallata y vi el Aconcagua. Quedé extasiado y lo quise escalar. Por eso pregunté por la persona que sabía sobre montañismo y me presentaron al Indio Pizzaro. Le dije que quería escalarlo, me preguntó por mi experiencia en montaña y le dije: “lo que tengo puesto”. Me respondió: “Subí el cerro Sarnoso mañana, y si venís con la cumbre, nos vamos al Aconcagua”. Lo hice en ocho horas, bajé todo ampollado, hablé con el Indio y, al día siguiente, nos fuimos al Aconcagua.

–Entonces, ¿el Aconcagua, la montaña más alta de América, fue tu primera experiencia?

–Sí, y me encantó.

–Pero no debe de haber sido fácil… ¿Cómo lo viviste?

–No, claro. Fue sufrido, pero me encantó. Tanto que a partir de ahí subí muchas otras, porque cuando te gusta algo, empezás a buscar de qué se trata. Así fue que llegué a querer subir el Everest.

Facundo, en la apertura del nuevo local de The North Face en Nordelta.

Terminé yendo en 2012 a colocar la bandera de “Donar sangre salva vidas” en lo más alto del mundo…

Hace un silencio breve. Pone sus ojos en el mate que tiene entre sus manos y, mirándome, me dice: “me dio edema cerebro-pulmonar”. Traducido al criollo, estuvo cerca de la muerte, pero se salvó. Después de eso, lo recomendable para cualquier persona es que no vuelva a exponerse a una potencial situación similar. Así que Facundo sabía que, si quería seguir vivo, no podía volver al Everest. Lo que no sabía es que dos años después, el cuerpo ya no tiene secuelas y los riesgos de volver a tener un edema son los mismos que cualquier persona. Con esa información, habló con su mujer y, sin más, activó el plan y allá se fue.

–¿Cómo fue el proceso para volver al Everest?

–Hablé Ulises Corvalán, con quien yo había hecho el Aconcagua en 2010, y me contó que iba al Everest con Lali Ulela, la rionegrina que está haciendo las Seven Summits –se refiere a las cumbres más altas de cada continente–. Y le pregunté con quién iban, y me dijo que con Tendy Sherpa; yo a Tendy lo había conocido en 2012 y nos habíamos hecho amigos. Pensaba para mis adentros: “yo tengo que ir”. Y cuando mi médico me dio el OK, arranqué.

Un tiempo antes de irme, llamé a Alexia Keglevich, de Assist Card, le conté mi idea y me dijo que me acompañaban como empresa. Lo mismo pasó con The North Face. La cuestión es que hice cumbre y me sentí perfecto. Además, fuimos por el Tíbet, y la experiencia es otra, completamente distinta a la de ir por Nepal. Es místico.

–¿Cuánto tiempo pasaste en la montaña?

–Son 45 días hasta la cumbre, y después, el descenso. Dos meses en total. El ascenso incluye una gran parte que tiene que ver con la aclimatación, con que el cuerpo se adapte a la altura. Subís a un campamento, bajás a lo que se conoce como Campo Base, después volvés a subir, pero a un campamento de mayor altura, y volvés a bajar. De esa forma se hace la aclimatación. Y también vas escuchando a tu cuerpo, vas viendo cómo reacciona. Vos sos responsable de él. Vas caminando muy lento, por la falta de oxígeno, un paso atrás de otro y, mientras tanto, tu cabeza va a mil, con la adrenalina al palo. Es muy fuerte eso. Pero fue bueno. Todos hicimos cumbre y bajamos enteros, sin un dedo congelado.

–¿Cómo lo ves ahora, a seis meses de haber ido?

Pasás dos meses de una forma en que no estuviste nunca antes. Imaginate: dos meses fuera de tu casa, de tu vida cotidiana, durmiendo en carpa… Me conocí desde otro lugar. Creo que la relación con las cosas importantes que te pasan en la vida es para siempre. ✪



 







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