Reportaje: Cintia La Hormiga Percivati

HISTORIAS DE VIDA / 22 febrero, 2016

Para esta chica, cumplir su sueño ocupó gran parte de sus días, sus horas y hasta sus minutos. No fueron 80 días ni 80 años. Pero, así de repente, sintió el anhelo de escalar el Fitz Roy. Y otro día, lo logró. Ella es Cintia Percivati, le dicen La Hormiga y está en esta revista porque es la mejor escaladora argentina, pero también porque su historia de vida merece ser contada. Ojalá te inspire…

\\ Escribe Carmen Ochoa. Saca Fotos Guillermo Gallishaw\\

“Cuando vengo a Buenos Aires me siento más acelerada que de costumbre”, dice La Hormiga, mientras intenta relajarse frente a la cámara y presta atención a las indicaciones del fotógrafo de Ochentamundos. Tiene 32 años y su pequeña contextura física la asemeja a una agraciada adolescente de 15, pero con brazos fuertes que parecen acariciar suavemente la roca al escalar. Cuando conversa, su voz apacible y pausada no denota el vértigo que le genera la ciudad. Quizás sea porque estamos en Escalando (Perú Beach), y la sombra de la gran palestra parece envolverla y hacerla sentir en su ambiente. Es que Cintia Johana Percivati Franco, más conocida como La Hormiga, es escaladora. O mejor dicho, es LA escaladora profesional más destacada de la Argentina, en estilo deportivo y alpino, con una proyección a nivel mundial. Metódica, apasionada y llena de fuerza de voluntad, no por nada The North Face, Rupal y Black Diamond ya la ficharon en su team.

IMG_0165 copiaCon más de 10 años de experiencia, muchos son los logros de Cintia en las grandes cumbres, el boulder o las competencias. Sin embargo, su punto máximo, hasta ahora, fue coronar la cima del cerro Fitz Roy, integrando la primera cordada femenina argentina, junto a su amiga Luciana Tessio. Además, es una de las cinco mujeres de nuestro país que hizo cumbre en el cerro Torre, y es la única argentina que escaló un grado 8b de dificultad. ¿Otro detalle importante? Todos los que la conocen no sólo confirman que es así de grossa, sino que además es muy buena gente. Por todo eso, quisimos conocerla.

 

–¿Cuándo descubriste el mundo de la escalada?

–Mi primer contacto con la escalada fue durante una cabalgata que hicimos con mi familia, por la Cordillera, en Mendoza. Fueron como 5 o 6 días, y el último nos llevaron a hacer unas tirolesas para cruzar el río y a escalar una zona fácil. Yo tenía 15 años, y enseguida me re copé cuando vi que el guía escalaba. Al regresar del viaje, mis ganas por seguir trepando a la roca se mantuvieron y comencé a interesarme más y a averiguar cómo podía aprender. Así encontré los cursos del Centro Andino Buenos Aires (CABA) y me anoté. Después, me sumé a las salidas de escalada y los viajes para conocer los puntos más relevantes de nuestro país, en donde se escala y se conoce gente.

 

Chau, me voy a España

Algo así fue lo que le dijo Cintia a su familia cuando, a los 18 años, terminó el secundario y decidió viajar a España, sola, con el fin de seguir creciendo, en todo sentido. “Sabía que allá la escalada en roca estaba muy desarrollada, así que aproveché este viaje como una pausa en mis estudios, con el objetivo de trabajar todo un año en Europa, y escalar.”

En España, Cintia vivía en Dénia, el puerto ubicado frente a la isla de Ibiza. Allí trabajó en un puesto de la playa, y el destino decidió que, justamente, su jefe fuera un escalador. Así que apenas terminaba su horario de trabajo, se iban juntos a escalar. “Yo recién empezaba y allá conocí por primera vez la escalada deportiva y me re enganché. Fue como descubrir un mundo nuevo y entrar de una al universo de la escalada deportiva, justo en uno de los mejores lugares, y rodeada de gente que realmente sabía del tema. Cuando regresé a la Argentina comencé a recorrer los muros de escalada de Buenos Aires, hasta que empecé a escalar de forma deportiva y a relacionarme con los escaladores de acá.”

 

–¿Había mucha diferencia entre el ambiente de escaladores españoles y el de Buenos Aires?

–Sí, pero la verdad es que en ese momento tuve suerte porque conocí a un grupito de chicas que se hacían llamar Enanos, y encajé muy bien con ellas. En general, los escaladores son súper cerrados. Los alpinistas me van a matar por esta opinión, pero son bastante recelosos. Yo, al contrario, siempre fui de intentar realmente conocer a la gente, porque sé que siempre aprendo de los demás.

 

“Espejo” en el horóscopo Maya

Junto a su grupo de amigas, La Hormiga escalaba en la Sierra de la Vigilancia, y este lugar se transformó en su escuela. “En La Vigi crecí y me formé como escaladora deportiva, ya que tuve la oportunidad de poder ir miles de veces; por lo menos, viajábamos tres fines de semana al mes. Yo la pasaba súper bien, era fanatismo puro lo mío y no me importaban nada los cientos de kilómetros que hacía para ir a escalar. Tampoco importaba si mis viejos me prestaban el auto o no, me iba en tren o como sea”, recuerda.

La llegada del verano sirvió para animarse a viajes más largos, y así llegó hasta Bariloche, donde subió la aguja Frey del Cerro Catedral, y comenzó a conocer nuevas personalidades de la escalada.

 

–¿Te motiva profesionalmente relacionarte con otros escaladores?

–Sí. En mi vida me crucé con muchos escaladores, y muy buenos, que me inspiraron, aprendí de ellos y luego se transformaron en mis amigos. Uno de ellos es Diego Marsella. Escalando con él, subí dos veces de grado y realicé mi primer 7c en Valle Encantado, Bariloche; y luego un 7c+ en Paredes Blancas, también en Bariloche. Por un lado, me inspira mucho el hecho de ver a alguien escalar, ver cómo se maneja, cómo se agarra, reposa y respira. Y por otro lado, también me motiva la energía grupal. Esto es algo que yo siempre supe absorber para mi beneficio, y me empuja a full. Cuando somos muchos escalando, y hay amigos arengándome, esa energía me sirve y la puedo transformar para darlo todo. No sé si es mi forma de ser, pero siempre supe aprender de la gente.

Una vez alguien me dijo que en el horóscopo Maya soy Espejo, y me quedó grabado. Será por eso que siempre intento llegar a la gente, conocerla y, en definitiva, aprender de los demás.

 

El gran Fitz Roy

Ese mismo verano, la Hormiga bajó de Bariloche hasta El Chaltén; un lugar mágico que ya conocía por haber realizado una salida de trekking, cuando todavía ni siquiera escalaba. Sin embargo, esta vez la visita fue reveladora y muy especial, ya que descubrió el objetivo que la cautivaría durante los próximos años de su vida.

Allí, ante ella se erguía el imponente cerro Fitz Roy, con sus 3.405 msnm y su cumbre envuelta en un halo de misticismo, conformado por insondables nubes. “Cuando lo vi me quedé flasheada. Justo me crucé con un escalador que usaba unas enormes y anaranjadas botas Koflach, y yo imaginaba que bajaba de lo más alto de la montaña. Al instante pensé: yo quiero hacer eso, y me propuse subir el Fitz Roy. Desde que lo vi, sentí que quería llegar a su cumbre y estar ahí arriba, a pesar de que ni siquiera sabía cómo hacerlo”, recuerda Cintia, emocionada.

Esa gran motivación la volcó de lleno a la escalada alpina, y la llevó a instalarse cada verano en El Chaltén. “Empecé a escalar primero una aguja –así le dicen a estos cerros de granito –, después otra más. Cada temporada que pasaba me motivaba más para volver al año siguiente, con la intención de alguna vez escalar el Fitz. Al principio uno quiere escalarse todo en El Chaltén, sin embargo mi gran meta sólo era llegar al Fitz Roy.”

 

–¿En algún momento creíste que no podrías subirlo?

–Sí, a pesar de contar con más experiencia en la escalada, llegó un momento en que el verano se me hacía eterno. Me daba cuenta de que el Fitz era muy exigente, y yo seguía en el mismo lugar. Esa sensación fue una toma de conciencia, cayendo en lo que realmente consistía subir una montaña tan alta y con condiciones climáticas casi siempre desfavorable.

 

Sin embargo, Cintia recuperó su sueño cuando, junto a su amigo escalador, Pere Vilarasau, ascendieron dos agujas de una sola vez: la Saint Exupery (2558 msnm) y la Rafael Juárez (2450 msnm). “Vivaqueamos dos veces y hasta dormimos en la pared. Esa fue mi primera movida de más de un día de escalada, me ayudó a sentirme segura, y mi objetivo de llegar a la cumbre del Fitz regresó.”

 

Al final, ¿hay recompensa?

Así, cada verano La Hormiga llegaba a Chaltén con su sueño de ascender el Fitz Roy. Y logró concretar su objetivo en 2012, después de 8 pacientes años. “Tuve un primer intento junto a unas amigas un año antes, pero nos quisimos meter en una vía bastante dura. Hacía mucho frío, la pared estaba llena de nieve y las condiciones climáticas no daban. Así que tomamos la decisión de bajar”, cuenta.

 

-¿Fue difícil tomar esa decisión estando tan cerca?

-Sí, pero lo hicimos pensando en que al año siguiente podíamos volver, aunque la verdad es que me jodió un poco… Es que una vez que pasaron las cosas es fácil decir “pucha, le hubiera puesto un poco más” pero, en el momento, si tomamos esa decisión, por algo fue. De todas formas, eso estuvo muy bueno porque nos sirvió para conocernos entre nosotras escalando.

 

-¿Qué tan importante es conocerse en la montaña?

-Yo le doy mucha importancia al compañerismo, y a disfrutar de los buenos momentos. Conozco muchos escaladores a quienes no les importa, porque son más fríos y lo primordial es llegar a la meta. En mi caso, no sé si pasa porque soy demasiado sensible, pero la verdad es que no sólo disfruto de lo que vamos a hacer a la montaña, sino también de estar bien con el otro. No puedo aislarme y estar en la mía, porque estamos los dos en la cuestión, y sobre todo porque soy muy gamba. O sea, si mi compañero me necesita yo doy todo para estar a su lado, y espero lo mismo de su parte. Si veo que del otro lado no estamos en la misma sintonía, probablemente no nos llevemos bien, y tampoco nos vaya bien.

 

La idea de subir definitivamente al Fitz se fue gestando durante el invierno siguiente. “No sufría ansiedad, porque si bien apostaba a que lo podía hacer tampoco sentía que se me acababa el tiempo. Siempre dije que pretendo escalar hasta los 60 años. De igual foma, me entusiasmó la idea de subir en cordada femenina, porque sabía que las mujeres somos re capaces.”

Sin embargo, los planes no siempre salen como uno quiere, sobre todo cuando no depende todo de nosotros. “Yo quería subir con mi amiga Luciana Tessio, pero sentía que ella estaba en otra y ni siquiera sabía si iba a ir a escalar. Y la verdad es que la escalada alpina requiere de toda tu concentración y de tus ganas, pero sobre todo, de tu cabeza, y me pareció que ella no quería sentirse presionada. Así que durante esa temporada escalé con unos amigos pero, en cuanto se vino una buena brecha de clima nos fuimos a Chaltén, e igual desde ahí llamé a mi amiga. Cuando llegó, lo primero que le pregunté fue: ¿vamos al Fitz? Entonces la convencí y fuimos.”

 

La vía elegida para llegar a la cima fue la Affanasief, de mucha roca y con muy pocos largos duros de dificultad. La aproximación fue junto a unos amigos, pero las chicas escalaron a su ritmo, hasta quedar solas en la montaña, durante mucho tiempo. Pasaron dos noches en la pared subiendo, y una tercera noche bajando.

 

–¿Qué sentiste mientras cumplías tu sueño?

–Cuando quedamos solas, experimenté sensaciones que jamás había sentido en la vida y, hasta ahora, nunca más las repetí: soledad e inmensidad absoluta. Estábamos en un lugar muy inaccesible, muy lejos, y en un momento comenzó a ponerse mal el clima y la tensión invadió el aire. Si nos llegaba a pasar algo era muy difícil que alguien nos pudiera ayudar, así que también sentimos mucho miedo. El mal tiempo duró parte de la noche, hizo mucho frío y lo único que nos quedaba era ser optimistas y esperar a que amaneciera pronto, rogando que el nuevo día estuviera bueno.

 

–¿Cómo fue el reencuentro con los amigos, ya con el objetivo cumplido, al bajar?

–Bajé con una mezcla de sentimientos. Llegué toda rota, porque fueron 5 días de trabajar mucho y estaba extasiada. Fue un promedio de 18 horas diarias de trabajo, además, el desafío de enfrentar al clima, y el contacto con la roca. Estaba renga, me dolían los pies. La gente nos recibió a puro festejo, yo contaba todo lo que había vivido y no podía parar de llorar de la emoción. Ahora, revivirlo también me emociona. Lo recuerdo como lo más emocionante que hice en mi vida, incluso después de eso quedé saciada bastante tiempo. Había apagado la sed de montaña por un gran tiempo.

 

Un año después, en enero 2013, Cintia escaló el cerro Torre, junto a su pareja, el montañista Horacio Gratton, y se convirtió en una de las cinco mujeres en alcanzar esta cima. “Supimos ver el momento y aprovechamos la ocasión que nos brindó el clima. Estuvo muy bien, pero no fue un deseo que se gestó durante años asi que fue distinto”, cuenta la Hormiga. En sus idas y vueltas a El Chaltén, además de alimentar un sueño, Cintia se cruzó con el amor. “Conocí a Horacio hace unos cuantos años en el ambiente de la escalada, pero estamos juntos desde hace dos años y medio. Él es un escalador muy fuerte y humilde. Curtió épocas añoradas de El Chaltén, como cuando se acampaba en Río Blanco en lugar del pueblo, y siempre tiene historias para contar. Horacio conoció a grandes figuras del big wall como Curt Albert, autor del estilo Rotpunkt o Red Point, y también escaló cosas muy grosas. En definitiva, un destacado en la materia que siempre despertó mi interés.”

 

–¿Y ahora estás pensando en gestar un nuevo proyecto?

–La verdad es que estoy en una etapa en la que disfruto el momento, sin proponerme grandes planes deportivos. Me fui de Buenos Aires hace 13 años pero soy nómade, no estoy fija más de seis meses en un lugar y ahora vivo entre Bariloche y El Chaltén. En el invierno vuelvo a la ciudad, visito a mi familia, trabajo en mi emprendimiento de ropa de escalada (Hormiga) y participo de algún campeonato, a pesar de que no me gusta para nada la competencia. Me pone nerviosa, pero como me va bien siempre me propongo sacarle provecho a cada evento, y ver su lado positivo. Por otro lado, entre mis grandes proyectos, con Horacio algún día también nos gustaría tener un bebe… Sin embargo, tomar esa decisión es la más difícil de mi vida, porque tendría que parar más de un año, abandonar la escalada por un tiempo y aceptar los cambios de mi cuerpo. Y todo eso es difícil de asimilar, aunque en el futuro también me gustaría llevar a mi hijo a escalar y mostrarle el Fitz Roy.

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