Apenas quedan 200

MEDIOAMBIENTE / 20 marzo, 2015

Unos meses atrás, publicamos una investigación propia sobre el estado del yaguareté en Argentina. Fue tan impactante el resultado, que decidimos ponerlo en la portada de nuestra edición nº21. El trabajo estuvo a cargo del periodista Juan Martín Roldán, y aquí reproducimos el cuerpo de la nota. Es larga, pero vale la pena dedicarle unos minutos al mayor depredador de Sudamérica, que está a punto de desaparecer. O de ser salvado…

foto de Ian Lindsay. Red Yaguareté

foto de Ian Lindsay. Red Yaguareté

Es alarmante. Pero terriblemente real: dos centenares, a lo sumo dos y medio. Esa es la cantidad de yaguaretés que viven hoy en territorio argentino. El predador más grande del continente americano, que en nuestro país supo ocupar múltiples ambientes desde La Quiaca hasta el río Negro, hoy está reducido a tres poblaciones diferentes y sin contacto entre sí. Sin embargo, un grupo de científicos, voluntarios y especialistas luchan por torcer un destino que parece marcado.

Escribe Juan Martín Roldán. Fotos: Gentileza Red Yaguareté y Proyecto Yaguareté.

 

Dicen que los números son fríos. Y estoy de acuerdo con ello: un número, en sí mismo, es terriblemente frío, desprovisto de emociones y significados. Sin embargo, se lo puedo cargar de contenido. Eso sucede, por ejemplo, cuando se habla de mortalidad infantil: cada décima que baja ese indicador en una región, un país o una provincia, significa que centenares o miles de niños recién nacidos lograron salvar su vida. Algo similar puede decirse de los niveles de pobreza, escolaridad y vacunación. Lo que importa, en esos casos, no es el número, sino lo que hay detrás de ellos. Por eso les propongo una suerte de trabalenguas de números, o un silogismo numérico, aunque quizás no tenga demasiado rigor matemático: si 1824=27.414, 1970=1446 y 2014=200, 2030=¿? La respuesta no es simplemente un número: encierra la supervivencia o no de una especie que, desde el surgimiento de los mamíferos en la superficie terrestre, está al tope de la pirámide alimenticia en las tres Américas… Al llegar a estas tierras, los españoles le vieron alguna semejanza con el tigre asiático y así lo empezaron a nombrar. En aquellos tiempos, regulaba las poblaciones de los grandes herbívoros del continente desde lo que hoy es el sur de Estados Unidos hasta el río Negro, en el norte de la Patagonia: millones de kilómetros cuadrados, por los ambientes más variados, desde la costa marítima hasta los faldeos cordilleranos, preferentemente en los dos climas templados y cálidos. Era un animal sagrado para muchas culturas nativas, y así quedó testimoniado en historias, mitologías y tantísimas piezas artesanales. Pero la paulatina conquista del territorio por europeos y criollos lo fue corriendo hacia los lugares más alejados y resguardados. En la Argentina, particularmente, sobran las muestras toponímicas de su presencia en zonas en las que hoy parece imposible que haya paseado su salvaje belleza; el más emblemático de ellos es el tramo inferior del delta del Paraná, el Tigre, donde se lo vio hasta fin del siglo XIX. Al caudillo riojano Facundo Quiroga se lo apodaba El Tigre de los Llanos por un encuentro que tuvo con un yaguareté en el norte de San Luis; los mapuches llegaron a conocerlo, ya que tenían una palabra para identificarlo (nahuel, aunque su presencia en la zona del lago Nahuel Huapi no está comprobada), y son numerosos los registros de su presencia hasta entrado el siglo XX en provincias como Santa Fe, Córdoba, Mendoza, Entre Ríos, Tucumán, Corrientes y hasta la llanura bonaerense. Pero su tamaño, su cuero y, sobre todo, su exagerada fama de depredador implacable, lo convirtieron en el blanco preferido de todos. ¿Qué podía dar más prestigio y hombría que cazar un tigre? Los números de más arriba son tan tristes como elocuentes. El de 1824 sale de un dato aportado por el naturalista francés Alcides D’Orbigny, quien dice que en ese año salieron de Buenos Aires 9138 pieles de yaguaretés; mi cálculo, caprichoso, sale de multiplicar esa cantidad por tres, para dar un dato aproximado de la abundancia de la especie en los tiempos fundacionales de nuestro país. Lo mismo hice para estimar su presencia en 1970, basado sobre los 482 cueros que Juan Carlos Chebez dice que se exportaron en ese año. ¡Casi 500 tigres cazados, hace apenas 44 años! El dato actual es certero, brindado por los biólogos que están trabajando con la especie; las estimaciones más optimistas hablan de no más de 250 ejemplares en todo el país, repartidos en los tres ambientes en los que hoy se lo encuentra: la selva misionera (aproximadamente 50 individuos), la región chaqueña (alrededor de 20) y las yungas (cerca de 150). Si seguimos la lógica histórica, para 2030 no cabe esperar otro resultado que la extinción. Sin embargo, la creación de nuevas áreas protegidas, algunas leyes nacionales y provinciales, el esfuerzo de investigadores, guadaparques y voluntarios, junto al surgimiento de nueva conciencia social, están torciendo ese destino que hasta hace poco, parecía inexorable.

El rey ha muerto, viva el rey

El tigre americano tiene un nombre científico (Panthera onca) y decenas de nombres populares, entre los que se impuso el que le daban los guaraníes, yaguareté, que significa “verdadera fiera”. En lengua quechua se lo denomina uturunco u otorongo, mientras que en diferentes regiones con población mixta criolla-aborigen hoy se lo conoce como bicho, manchado, pintado, overo o, simplemente, él. Es el tercer felino más grande del mundo, después del tigre y el león. Un macho adulto llega a medir más de dos metros y medio de largo, incluyendo la cola, de hasta 90 centímetros; su peso puede acercarse a los 140 kilos y su altura, a los 80 centímetros hasta la cruz. La hembra es un poco más chica. De las ocho subespecies que hoy considera la zoología, la presente en la Argentina es la Panthera onca palustris, la más corpulenta de todas. El pelaje es su marca de origen, como una huella digital, ya que no hay dos iguales, y es lo que utilizan los científicos para identificarlos. Las manchas negras tienen forma de roseta, algunas cerradas y otras abiertas, redondas o alargadas, con o sin puntos en su interior, más grandes en el lomo y más pequeñas en las patas, la cabeza y el cuello, mientras que la cola suele tener anillos, especialmente en la zona cercana a la punta. Su cabeza es grande y ancha, al igual que sus patas, y su cuello es notablemente fuerte, lo que le permite cazar y arrastrar presas que lo doblan en peso, como el tapir. De hecho, es el único predador capaz de matar a uno de estos grandes herbívoros adultos, a los que sorprende con un salto sobre su lomo y una certera mordida en el cuello. Pecaríes, carpinchos, corzuelas, otros animales menores y hasta yacarés figuran también en su dieta habitual, a los que llega a cazar en el interior de ríos y lagunas, ya que, a diferencia de otros gatos salvajes, el yaguareté es un gran nadador, lo que le permite cruzar sin problemas ríos como el Paraná, el Iguazú o el Bermejo. Comparte el hábitat con el puma, aunque no se adapta tan fácilmente como él a la diversidad de ambientes y a cazar presas pequeñas, razón por la cual el león americano tiene hoy un panorama mucho más alentador. El yaguareté es, además, un animal muy territorial, que delimita sus dominios mediante orín, heces, marcas en los árboles y bramidos. Estudios recientes realizados por el biólogo Agustín Paviolo y su equipo indican que un macho en Misiones requiere alrededor de 30.000 hectáreas, mientras que una hembra se mueve en unas 10.000 o 15.000. Esto muestra que hay, en promedio, 2 o 3 hembras por cada macho en edad reproductiva. Las investigaciones realizadas en los últimos 10 o 15 años echeron luz sobre el comportamiento y la situación de la especie en el país. Y sirvieron para desterrar el mito del “tigre cebado” con carne humana, ya que son contadísimos los casos de ataques a personas, en su mayoría, vinculados con cacerías. La alarma está encendida por esa cifra de dos centenares de ejemplares. Sin embargo, también hay una esperanza gracias a la red de áreas protegidas de Misiones (nacionales, provinciales y privadas), la Ley de Bosques (aunque no siempre es respetada), el difícil acceso a las yungas salteñas y jujeñas, la persecución judicial a los cazadores y comercializadores de su piel -impulsada por algunas ONGs, como la Red Yaguareté- y la reciente creación del Parque Nacional El Impenetrable. Al momento de publicar esta nota en la Ochentamundos de septiembre de 2014, el Senado había sancionado la respectiva Ley, que protege el sector chaqueño de la estancia La Fidelidad, lo que permitirá mantener una población estable en la región, la más crítica de las tres que existen en el país. Ahora resta ver si Formosa deja de lado su desidia en el tema y sigue el ejemplo de la provincia vecina. El rey de nuestros montes se desangra. Una y otra vez. Como si fuera un monarca cruel, su muerte es celebrada desde hace centenares de años. De nuestra generación depende que ello se corte y que, en su lugar, comience a vivarse su reinado.

Verónica Quiroga (izq) y Agustín Paviolo le colocan un collar con GPS a un yaguareté en Misiones.

Verónica Quiroga (izq) y Agustín Paviolo le colocan un collar con GPS a un yaguareté en Misiones.


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