LAS MONTAÑAS COMO OBJETOS DE CULTO

PERSONAJES / 28 junio, 2011

El montañista, antropólogo y arqueólogo, Christian Vitry escribe sobre la cultura Inca, y la importancia que le daba a las montañas.

Las etnias prehispánicas andinas en general y los Incas en particular, parecen haber estado definidos en función del espacio habitado y la sacralización del paisaje. Gran variedad de accidentes topográficos fueron transformados semiótica y culturalmente en deidades o mitos, que sirvieron para organizar y unificar aquellos lugares cada vez más distantes y distintos del Cusco.Dentro de ese esquema geográfico, caracterizado por la variedad de formas y tamaños, donde todo lo natural fue objeto de culto, parece ser que las montañas tuvieron un lugar de privilegio, especialmente si se tiene en cuenta la cantidad de  energía invertida en los dos centenares de cerros donde se localizaron evidencias arqueológicas.

Las culturas americanas andinas, antes del apogeo de los incas, veían a las montañas como la materialización de sus deidades, por tal motivo, y desde siempre, les rindieron tributo, brindándoles ofrendas y plegarias, pero, al parecer, sin ascenderlas, de acuerdo con las evidencias materiales localizadas en ese tipo de sitios hasta el presente.Cuando el Estado Inca empezó a florecer y extender sus fronteras durante el siglo XV, se apropió de este culto institucionalizándolo. Así se dio a la tarea de construir en las elevadas cimas y laderas pequeños edificios o recintos destinados a la religión, conocidos hoy como “adoratorios o santuarios de altura”. En esas construcciones, los líderes espirituales se encargaban de establecer  contacto con los apus o divinidades y, de acuerdo a las circunstancias sociales, políticas o religiosas del estado, realizaban sus ofrendas que, en algunos casos, eran humanas.

El término “apu” significa, en quechua, señor grande, juez superior, curaca principal o rey. En la religiosidad andina prehispánica, los apus representaban a las deidades tutelares, personificadas en diversos elementos de la naturaleza, principalmente montañas, las que controlaban los fenómenos meteorológicos y la vida de las personas de las aldeas próximas. Estos rendían culto y propiciaban ofrendas acordes a las necesidades y exigencias del apu. Un ejemplo elocuente es el volcán Misti (Perú), que tuvo una erupción hacia 1440-1450, ocasionando grandes daños a la Arequipa prehispánica, hecho que motivó a Inca Yupanqui a realizar valiosas ofrendas para aplacar la ira del Apu.  Excavaciones arqueológicas de reciente data, efectuadas en la cima del volcán, dieron como resultado un enterratorio múltiple, conformado por tres cuerpos de sexo femenino y tres masculinos.

Las montañas poseían una existencia material y estaban relacionadas con elementos concretos de la naturaleza, como la fertilidad de los campos y los fenómenos meteorológicos. Resulta un verdadero desafío la comprensión de este sincretismo o concepción unificada del espacio geográfico, geoformas, estructuras artificiales y significados culturales, que solemos analizar por separado, pero en su origen estuvieron conceptualmente unidos.Los restos arqueológicos registrados en 200 montañas de la cordillera andina, sugiere la trascendencia de los cerros como elementos de valor simbólico y religioso.

El culto a las montañas no fue ni es un fenómeno particular de los Andes; por ejemplo, en el año 1519, Hernán Cortez, con el afán de impresionar a los aztecas, ordenó a sus soldados que conquistaran la cima del volcán sagrado del imperio, el Popocatepetl, de 5432 metros.Hoy sabemos por las investigaciones arqueológicas realizadas en las montañas de México, que el culto a los volcanes y cerros fue más importante de lo que se pensaba, habiéndose registrado numerosos hallazgos de objetos y estructuras arqueológicas en casi todas las montañas mexicanas, las que evocaban a Tlaloc, la deidad del agua que se ve reflejada en los códices, como también cultos relictuales que se conservan hasta la actualidad.

A modo de síntesis se pueden resumir algunas características comunes que hacen que una montaña sea considerada un objeto de culto
• Ruptura visual con respecto al horizonte,• Hitos fundacionales de organización espacial,
• Proyección hacia el cielo, dirigida a las deidades celestiales,
• Lugares poco accesibles, por ende, misteriosos,
• Acumuladores naturales de agua y lugar de origen de los ríos que, en definitiva, son las fuentes de la vida,
• Morada de los antepasados y lugar de origen mitológico,
• Imponencia visual que inspira una gran belleza, como también temor, especialmente cuando de volcanes se trata.

Por Christian Vitry. Foto de Pablo Zelaya.







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